El día en el que el comandante dirigió a sus hombres a la batalla, María tuvo un sueño extraño en el que se veía a sí misma como un águila que observaba como aquellos seres extraños se exterminaban los unos a los otros sin razón aparente.

Despertó sudorosa y con ansiedad, pero no quiso despertar a Julián, su marido, quien yacía con un sueño apacible a su lado. Se levantó a abrir la ventana. Era verano y hacía un calor insoportable. No comprendía como el hombre estaba tapado hasta las orejas, arrebujado en su cobija de flores rojas.

Escuchaba el cantar de un grillo que se escondía en el rosal blanco del jardín. En aquellos momentos, no le molestaba que aquel diminuto ser entonara su melodía. Antes bien al contrario, le hacía bien saber que no estaba sola.

Detrás de ella, su marido respiró de una forma más perceptible. Entraba en una fase del sueño en el que algo le sucedía. Ella no podía saber que era, tampoco le importaba mucho no saber. Su naturaleza no era curiosa con respecto a lo que sucedía a su alrededor.

Volvió a la cama y estuvo por largo tiempo pensando a oscuras. Pensaba en su vida junto a Julián. Llevaban viviendo juntos 37 años, que habían transcurrido con una velocidad increíble.

Cuando pensaba en aquellos años, le parecía extraño que fueran tantos y que hubiesen pasado tan deprisa: como un soplo imperceptible. Quizá ese fuera el mejor signo de la felicidad, que los años pasaran tan rápido.

¿Era feliz?, se preguntaba en aquellos momentos. No encontraba respuesta a tan fundamental pregunta. Esto no le causaba malestar alguno, pues su sentimiento le decía que sí lo era, aunque fuera solo un poquito. Ella, era una persona que se conformaba con poco. Eso hacía que la vida le diera más de lo que le pedía.

Él la trataba bien, dentro de lo que cabe. No era un hombre cariñoso. Era rudo y a veces exageraba en la forma de expresar sus emociones. En el fondo, no importaba demasiado si seguía queriéndolo o no. Su obligación era respetarlo y atenderlo hasta que la muerte los separase. Eso, al menos, era lo que había dicho el cura que los casó, y ella era fiel creyente de lo que los hombres de Iglesia decían.

Su tristeza más grande era no haber podido darle hijos a Julián. Quizá con un hijo su marido hubiese sido distinto con ella. Nadie podía saberlo a ciencia cierta, pero ella tenía metida esa idea en la cabeza.

Por fin, después de mucho tiempo, le venció el cansancio y consiguió dormirse. Despertó en su sueño, volvía a ser un águila. Los hombres allí abajo seguían matándose los unos a los otros sin motivo ni razón. Igual que su vida: sin motivo ni razón.

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