Sinfonía número ocho, “Olvido”

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Victor Valencia

Sus dedos eran alas de colibrís al mediodía de primavera, la mano derecha el pistón aceitado de un tren a vapor marchando en pendiente; semicorcheas agudas brotaban de la pequeña caja para remontarse como flores recién germinadas removidas con vehemencia de un árbol de duraznos por una exaltada ráfaga de aire.
La vorágine de notas-flores volaba fuera del círculo de luz, hacia el campo de oscuridad donde estaba el público invisible, sembrando alientos contenidos y latidos exaltados; sus dedos continuaban aleteando, se posaban apenas un instante, un octavo de instante, un dieciseisavo de instante en las cuerdas para partir y descender de nuevo con velocidad insólita, prodigiosa, practicada.
El ritmo fue in crescendo, su concentración era absoluta, pero la disfrutaba, todo esfuerzo y sacrificio de años y años fueron retribuidos en ese momento, su momento. La sinfonía presagiaba el final, el arco subía y bajaba en un hechizo de autonomía; dejó de existir; no había sala, no había luces o sombras, no había atriles ni respiraciones contenidas ni cuerdas tensas… solo había música.
Un vendaval de notas precisas y afinadas, media sonrisa recostada sobre el violín, los párpados cerrados, un trémolo que tardó en llegar una vida de clases y tardes de ensayos solitarios, la anhelada expectación.
Silencio.
Descansó el instrumento y se inclinó, suave, con tranquilidad; alargó la mano para hacer una presión sutil con su dedo índice, imperceptible a la audiencia. El público estalló en aplausos, rugió la conmoción acumulada, explotó la cosecha semillas sinfónicas. Hizo una reverencia de agradecimiento, y otra, y otra.
Abandonó el foro con los aplausos de escolta, detrás del escenario seguía escuchando los vítores de la audiencia, brotó una lágrima, esperó un momento y regresó al foro iluminado para recibir sus aclamaciones, indomables.
Vocalizó “gracias” acompañado de reverencias hacia el público que, adivinaba, debía estar de pie en la oscuridad. Los aplausos no menguaban, un último agradecimiento distraído y salió de nuevo del foro. Tras el escenario, el ruido de la audiencia continuaba, amortiguado por la distancia pero sin disminuir euforia.
Dejó pasar un minuto, dos, cinco. Las aclamaciones resultaron inauditas, sabía que su concierto fue portentoso pero, no se engañaba, había escuchado mejores sin que derivaran en tal muestra de bullicio. ¿Acaso alcanzó la maestría en su arte? Sin percatarse ¿perfeccionó su destreza al punto que la ovación del público parecía interminable?
Brotó un par de lágrimas. No, no era eso. Olvidó un detalle, ínfimo para su interpretación pero trascendental en el homenaje que escuchaba. Una vez más regresó al foro iluminado, el ruido del público continuaba, con la misma intensidad aunque ahora sin significado.
Se detuvo en el sitio donde interpretó su concierto para inclinarse, con falta de elegancia, y digitalizar un interruptor, carente de importancia si este movimiento resultaba evidente. Los aplausos cesaron en exabrupto, recogió su instrumento y abandonó el foro, apagando las luces en el trayecto.
Dejó atrás una sala de conciertos por completo vacía y, tenía una certeza absoluta, perfectamente aseada.

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