Se insiste mucho sobre la necesidad de darle vuelta a la hoja de la lucha electoral y pasar de inmediato a la aportación de ideas para darle forma y fondo a lo que debe ser el plan de acción de quien, como todos ya vimos, rompió paradigmas y pasó sobre todo aquello que había secuestrado a las elecciones, para que durante décadas solo “triunfara” quien tenía dinero y muchas mañas y ambición desmedida.

Para empezar a incursionar como sociedad en la llamada normalidad democrática, no basta con la remolida que la sociedad le dio a los usurpadores. Hoy, el siguiente paso, tan difícil como el primero, consiste en transformar el poder obtenido en las urnas, en planes y programas nacidos de todo ese discurso sostenido por AMLO durante los últimos 18 años.

Y una vez construidas las políticas públicas con el tinte de rumbo y destino ofrecido, pasar al tercer paso, también dificultoso: implementarlas con la eficiencia, eficacia y efectividad que tanto exige este país.

Siempre he creído que dentro de la sociedad civil están las mejores mujeres y hombres de este México. Desde que los priistas degradaron y degeneraron a la política, y que la corrupción fue transformada en la correa de transmisión de todo el funcionamiento de las instituciones, todas y todos los mexicanos buenos se refugiaron en sus trincheras, muy modestas en su mayoría, y desde ahí sostuvieron y mantuvieron vivo a México, a pesar de los excesos de una burocracia parasitaria.

Desde la sociedad civil surgen hoy ideas bondadosas que buscan un espacio en el financiamiento que dispondrán los nuevos gobernantes. Por ejemplo, escucho y debato con Nahun Ortega, la conveniencia de revivir aquel programa de gran visión que durante el gobierno de Rosell de la Lama se elaboró para la querida Huasteca Hidalguense.

Fueron montones de planos, levantamientos topográficos, presupuestos y muchas cosas más que le costaron al erario público una millonada. Construir tres distritos de riego entre los municipios de mayor rezago socioeconómico. Se habló incluso del tren Huejutla al puerto de Tuxpan, pasando por el corazón de la zona productiva (Xionaxtla-Los Tohuacos-El Ixtle-San Diego-Álamo y Tuxpan), no más de 150 kilómetros en línea recta. Hoy debe seguir estando en los sueños de los que amamos esta zona y al estado.

Están los estudios hechos hace 30 años por una burocracia diferente, está la necesidad de justicia social, está la exigencia de muchos votos que destrozaron a quien pudo y no quiso hacerlo. Creo que por ideas no batallaremos… y por voluntad política, creo que tampoco.

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