Creciente y fugaz llega la tarde, alborozados como niños nos abrazamos en tu sonrisa que es un hondo río en el que navegan barcos con sus velas extendidas, el viento tiene un brillo solar porqué tus veranos son eternos, inmortales, siempre vivirás porqué estás habitado por la música incesante del fondo del mar. Tomados de la mano jugamos con el cielo azul, con la tortuga que se escurre por la mañana entre las flores de Conchita. Tus ojos me devuelven el jardín de nuestra infancia, los árboles que iluminan la mitad de la tarde, entro en tu rostro que es un torbellino que nos moja, nos centellea, nos conduce a Dios. Nos alivia caminar por la noche para confundirnos con el viento, ascender acantilados, deambular por nuestros sueños y tomar las estrellas con nuestras manos. En quietud vamos hacia ese centro luminoso que son tus caminos y veredas, que tú me revelas: es la inmortalidad.

Siempre has sido fuente que ríe, profeta inmemorable que bebe la luz, mar callado que enciende mis ojos. Cuántas veces he dormido junto a tus palabras que abren las puertas de un paisaje que son al mismo tiempo viento y agua dormida, hielo y lengua perdida. La quietud y el movimiento anegan nuestras vidas, sonríes a la noche y recuerdas nuestros largos viajes, pertenecemos a ellos, siempre los llevaremos adentro como el viento a la marea.

Pedimos tregua al tiempo para despedirnos lentamente, nuestro corazón es entonces delicado vidrio, mi mirada la beben los pájaros, alguna tarde y tu abrazo que atraviesa mi cara. Siempre volvemos al camino después de un largo viaje que nos lleva por el desierto, las arenas y las plantas, por nosotros mismos y con todos los demás, como almas que viven y tienen movimientos, piedras diferentes heridas por la luz deslizada.

Amamos la ola palpitante, también a nuestros muertos que son trémulos corales que nacen cada día para abrazarnos. Desde lo profundo de la selva, donde vive en el tiempo sin medida, el rostro frágil, calcinado de nuestro viejo, nos regala la primavera eterna, sus recuerdos y una flor. Tras ese eco están tus visiones fugaces, aquel frondoso árbol que tiene el aire de tu ausencia, la noche sin Luna y tu silencio que me mira atribulado, sostente en mi brazo, me dices, sé valiente, me pides, los días nos abandonan a la media noche, pero es solo un instante, debemos estar atentos para reconocer la voz de los niños al amanecer, la alegría de las verdes veredas y las mariposas con tantos colores. Tus labios me sonríen y escucho tu silencio, también los pasos de la tarde que caminan entre árboles y casas, no te detengas, me repites, cuando la tarde se vuelve invisible, remota, desciende, cuando no haya camino siempre hay destino, como ave migratoria vuela hacia el otro lado, vuelve a ti, a la quietud del mundo.

Hermano mío, aquí en la penetrante roca y el susurro de la madrugada, bajo el cielo que nos espera, soy colibrí que viaja por tu mar bordado de corales, floto como una hoja con los brazos abiertos para cuidar la noche. Aquí en la entrada donde todo comienza me transformo en lirio para vivir en los inmensos latidos de tu corazón.

Para Uriel, siempre

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