Con una amplia sonrisa llegó a mi escritorio como introducción a su anuncio “Ya volví”. Era cierto porque estuvo ausente el semestre anterior, la suma de circunstancias lo obligaron a realizar una pausa en sus estudios profesionales. Él representa una excepción porque quienes estamos en la docencia en el nivel licenciatura sabemos que del universo total que ingresa en el primer semestre, por lo menos una cuarta parte deserta de su carrera, excepcionalmente algunos o algunas regresan a concluir sus estudios.

El 30 de julio más de 40 mil estudiantes universitarios de todos los niveles regresaron a sus espacios escolares, en mi instituto suman poco más de 3 mil jóvenes, que serían más si no desertaran, las razones para que un o una joven abandone su carrera generalmente se asocian a problemas económicos, lo cual no sorprende porque es una realidad que enfrenta nuestro país, pero otra razón de la deserción se debe al respaldo familiar que identifico en tres expresiones: la primera en la ausencia o indiferencia de las figuras paternas que se suplen con flujo abundante de dinero y objetos materiales que aparentemente cubren necesidades de los y las jóvenes; otro es la provisión de dinero y bienes de manera limitada pero con un importante acompañamiento familiar, y el menos común es la ausencia total de provisiones e interés familiar que las y los jóvenes suplen el firme propósito de obtener un título aunque ello signifique doble o triple jornada de estudio y trabajo precario.

En las aulas de primer semestre están llenas de jóvenes emocionadas y emocionados por su ingreso a la universidad, algunos son los primeros en sus familias en llegar a ese nivel, los menos tienen idea de la dinámica universitaria porque sus conocidos o personas cercanas los han ilustrado, les informan sobre las materias, las dinámicas que se dan en los grupos, incluso ya saben sobre los ánimos y desvelos del cuerpo docente, pero no se detienen a revisar la vulnerabilidad que les genera la necesidad de ser aceptados y notados en sus espacios sociales, dentro de las clases, con sus amistades, con sus compañeros de casa e incluso con la casera o el casero.

Una parte de mi docencia la imparto con los grupos de primer semestre y resulta muy duro ver a estudiantes cuya inteligencia y dedicación en clases no les alcanzó para mantenerse en las aulas pues luego de un par de semestres desertan. Algunos cambian de carrera, el grueso asumen las consecuencias de sus acciones u omisiones, ellos y ellas inician un camino cuesta arriba que difícilmente superan, por eso, este día que Abraham regresó a las aulas con el firme propósito de terminar su carrera me recuerda que la excepción hace la regla, pues obtener un lugar en las aulas universitarias es un reto, pero es más difícil mantenerse en ese sitio porque las condiciones sociales y culturales imponen sus propias cargas que pueden arrollar a los estudiantes si no cuentan con el respaldo emocional y material de sus familias.

Ojalá que ningún estudiante dijera “ya volví” luego de haberse obligado a dejar trunca su carrera; lo ideal sería que todos y todas las estudiantes nos dijeran: ya me voy porque obtuve mi título o porque encontré otras opciones mejores.

¿Tendrán algún día esa variedad de posibilidades? ¿Todas las posibilidades serán buenas y posibles?

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