Me llamó por Skype, quedamos de vernos a las 19 horas. Se conectó hasta las 20:30, estaba en una oficina amplia, con muchas sillas vacías al lado de él y una mesa de mármol. Él me veía en una pantalla enorme, imaginé, cuando me dijo que me notaba cansada por las arrugas de los ojos. Al colgar, fui al baño a mirarme y me costó darme cuenta que tenía unas arrugas delgaditas debajo de los ojos, casi imperceptibles. Sí, una pantalla gigante en esa oficina donde solo se encontraba él; detrás, un muro de cristal que tenía un jardín japonés cuidado con esmero, imaginé que, dentro de la fuente, algunos peces dorados nadaban con la misma parsimonia que se observaba en esa oficina. “Llegué tarde porque estaba hablando con el gobernador”, me dijo a manera de disculpa. “Te va bien, supongo”, le respondí con indiferencia, mientras alejaba mi laptop para evitar ese big close up a mi cara. “Te busqué porque quiero que me ayudes con unos proyectos culturales”, atajó sin preámbulos. Tenía muchos años de no verlo, me enteraba de sus puestos políticos por terceras personas, me caía bien cuando quería ser poeta y me dio a leer su primer libro repleto de lugares comunes que tenían que ver con el tarot (pero con una lectura estilo Jodorowsky), las estrellas y una ley del karma que se podía leer en tarjetas electrónicas en Facebook. Su sentido del amor, la reflexión, la profundidad de las emociones humanas estaba reducido a las escuelas de crecimiento humano de Tepoztlán. Y ahora estaba ahí, vistiendo un traje gris con chaleco (en primavera) y masticando un puro en esa oficina de cristales y jardín japonés. “Quiero que gestiones proyectos culturales, y no te preocupes, quiero decir, no te preocupes de operarlos, eso lo haré yo con mi asociación civil. Te daré en negro la comisión”. Intenté no parecer sorprendida, pero en ese momento, el vecino comenzó a soldar y el ruido se percibía insoportable.
Mi vecino es cubano, tiene varios años en el país y hace unos meses logró traerse a su esposa y su hija con él, dice que trabaja en algo de computación, aunque estoy convencida de que en la isla no debió tener muchas computadoras para practicar. No hablo mucho con él, me molesta su acento caribeño. Por las tardes, fines de semana y días festivos, se dedica a armar un food truck; lleva en esa actividad más de un año, dice que sacará a la calle un coche con café y pan que horneará su esposa para que lo disfruten muchas personas. En la capital comenzó la moda, levantaron estacionamientos para food trucks, terminó la moda, rematan muchos vehículos. Aquí todo sucede más tarde y aunque el cubano comenzó a armar su camioncito cuando la moda iniciaba, a estas alturas ya no hay nada, ni polvo. Lo imaginé en su ropa de trabajo, justo en ese momento en que mi rostro enorme estaba en la pantalla de esa oficina tranquila y silenciosa. Sonreí, no mucho porque acababa de comer y se me ocurrió que incluso podría tener restos de la pasta entre los dientes.
“No creo poderte ayudar; si yo aplico a un proyecto es para trabajarlo”, dije, al tiempo que la soldadora se encontró con un metal grande y sonó más fuerte. “Piénsalo, ya somos una ONG donataria internacional; hablé con el gobernador y, bueno… La Secretaría de Cultura ya es mía”, tono ampuloso y seguro. No tiene más de 35 años, intenté encontrar al poeta aficionado a la mariguana y la trova; solo encontré sus ojos chiquitos opacos, la boca un tanto retorcida, envilecida, quizá. No creo.
El vecino terminó de soldar y aprovechó para subirle al volumen, puso “Candela” de Buena Vista Social Club. Lo odié, lo detesté; sus ánimos caribeños, sí, maldito food truck, su esposa horneando algún pan con plátano y su hija llorando, seguro por el maldito sonido de la máquina.
“Pues te explico, este sexenio, o estás conmigo o contra mí, tú dices”, dejó fija su sonrisa. Ya había escuchado los rumores sobre los programas con la Secretaría de Desarrollo en donde inventaban algún proyecto cultural que podía confundirse con social y viceversa, que en realidad no le enseñaban nada a los niños, ni a los mayores, ni a nadie.
“Me tengo que ir, por qué no hablamos en la semana y lo pienso bien”, otra vez la sonrisa retorcida y los ojillos entornados. Me desconecté. El vecino comenzó a martillar hojas de lámina, se escuchaba el oleaje del metal y el golpe del martillo. Odiaba su food truck.
Escribí un mensaje. Lo envié y bajé la luz del vecino, disfruté un minuto el silencio del atardecer de un lunes cualquiera.
A los tres días me enteré que el programa cultural del sexenio era realizar una serie de conciertos de trova en los parques públicos. El vecino está pintando, o eso imagino por el potente olor a solvente.

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