Estamos compuestos de historia, cultura, educación, amén de ser eléctricos, llenos de química y física, 90 por ciento de agua y estar envueltos en lo que llamamos, stricto sensu, piel. No podemos, al menos no debemos, separarnos de nuestra necesaria, por socrática, condición de “seres sociales por naturaleza”, es decir, deberíamos participar de lo que sucede en sociedad siempre; vamos, dentro de lo que las obligaciones necesarias para poder comer nos permitan lo que sea y nos afecte para no dejar hacer y luego, por lo mismo, quejarnos frenéticamente por algo que cuando pudimos no le dimos importancia y no lo decidimos.
El decidir está en el hombre de hoy, en expresar nuestra voluntad y capacidad de elegir a quienes serán nuestros empleados para gobernar, es decir, en votar.
Salgamos a hacerlo a favor de los que queramos, de los que tienen experiencia, pero no por soñadores mesiánicos innecesarios, son igual de corruptos; sino para que de verdad se encarguen por nosotros de llevar esos asuntos de los que no queremos tener que estar pendientes directamente, por tener asuntos de mayor valor como la familia, los hijos, etcétera; a los que dedicarles tiempo de calidad y dejar que aquellos otros hagan los papeleos y demás, que no son más que burocracia y pleitos por cotos de poder, tan lánguidos, fútiles, pero no por ello innecesarios e importantes como el hecho de que se “cumpla la ley”, igual para todos, como lo decía Sócrates y como lo cumplió hasta el final y lo hizo así, con su propia vida.
Es por ello que me permito hacer y citar esta pequeña reflexión sobre democracia, que encuentro entre algunos libros, los pocos escritos míos y los muchos de algunos amigos:
La democracia ateniense se sustentaba en la “isonomía” (igualdad ante la ley), la “isegoría” (igualdad de palabra, todo el mundo es responsable de lo que dice) y la “areté” (virtud, ya que los demócratas consideran que se aprende al igual que el arte de la política). La soberanía recaía en la “ekklesía” (asamblea popular), ya que todas las decisiones dependían del voto popular, pero existían otras instituciones importantes como la “boulé” (consejo elegido por sorteo) y el tribunal popular de la “Heliaia” que juzgaba causas de todo tipo. La mayoría de magistraturas se elegían por sorteo, aunque algunas más importantes, como los estrategas, se elegían por votación de la asamblea. La asamblea tenía alrededor de 5 mil asistentes (en una ciudad con una población aproximada de 40 mil habitantes) y se articulaba en torno a la participación cívica y no por la representación. El consejo estaba formado por 500 ciudadanos elegidos por sorteo. Existían dos procedimientos (penas) para evitar influencias peligrosas: el ostracismo (destierro temporal) y la denuncia de ilegalidad (recusación de una decisión de la asamblea y castigo del que la propuso). Sócrates sería uno de los mayores críticos de la democracia ateniense, aunque él no negó que la virtud sea enseñable. Él sería un tecnócrata, ya que consideraba que los técnicos eran los que debían tratar los asuntos públicos porque estaban más capacitados para hacerlo que la mayoría al tener un mayor conocimiento del tema.
A pesar de que Sócrates no era partidario de la democracia, consideraba que las leyes de la polis debían ser acatadas, aunque fuesen injustas, porque antes ya se había tenido la oportunidad de convencerles de su postura y si no aceptabas la decisión estabas actuando tan injustamente como quienes la aprobaron, ya que consideraba que el que hace mal se hace mal a sí mismo, por ello aceptó su condena a muerte, habiendo podido huir al exilio en vez de cumplirla.

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Asesor especialista en políticas públicas de alta injerencia social, licenciado en derecho por la UNAM, maestro en tecnologías de la información con carácter social, productor y director de cine (cortometrajes y películas independientes) y de televisión (documentales y comerciales). Cambridge English: Proficiency.