No todas las princesas esperan ser rescatadas por un príncipe ni esperan el beso del verdadero amor, incluso, algunas princesas ni siquiera tienen castillo. Es así que comienza esta historia de ciencia, números y letras que domaron el corazón de una mujer. Todos y todas soñamos con algo bello y maravilloso desde nuestra niñez, pero conforme transcurre el tiempo nuestros pensamientos e ideas van cambiando paulatinamente.

Había una vez, entre las nieves de un 15 de enero de 1850, en Moscú, una familia noble de Rusia que recibe a Sofía Vassilievna Korvin-Krokovskaya (Alic, 1999).

Recibió una excelente educación, sus padres invirtieron en clases privadas, con base y fomento a las artes y las ciencias. Una oportunidad excepcional que muchas chicas de su época no tuvieron. Sus propios padres consideraban que le estaban dando una educación bastante liberal a Sofía y a su hermana. Pero su tío opinaba lo contrario, pues influía en ella para que su inquietud llegara más allá de las conversaciones intelectuales que solían tener en casa (Mataxis, 1999).

El destino de Sofía estaba escrito por la mano tradicionalista de la sociedad en la que vivía su país. Fue esposada a los 18 años conjuntamente con Vladímir Kovalesky, pero para su fortuna, era representante de un círculo intelectual progresista, quien en realidad se prestaba a ser un matrimonio falso con quien se alía para poder abrirse las puertas al mundo y más allá, al conocimiento que en su país natal no le permitían (Mataxis, 1999).

Es así que en 1868, los jóvenes recién casados salieron a San Petersburgo y ahí cada uno se centró en sus investigaciones. Sofía logró tomar clases en la Academia de Medicina y Cirugía. Para 1869 se instaló en la universidad alemana de Heidelberg, donde estudió matemáticas. En 1870 se mudó a Berlín para asistir a las conferencias dictadas por el conocido matemático Karl Weierstrass, quien más tarde decidió darle clases particulares al escuchar las ideas que fluían de la mente tan brillante de Sofía, aún a costa de la situación en la que el mundo se encontraba posicionado y más aun con respecto a la educación de las mujeres; la apoyó hasta convertirse en su protector y defensor (Alic, 1999).

Después de cuatro años de trabajo constante, Weierstrass solicitó a la Universidad de Gotinga el título de doctora para Kovalévskaya en filosofía in absentia y sin exámenes. Pues según el análisis del mismo Weierstrass, sus investigaciones sobre la teoría de las ecuaciones en derivadas parciales, un problema cosmológico sobre las formas y la estabilidad de los anillos de Saturno, una investigación de integrales abelianas de tercer orden a las integrales elípticas, no requería de examen para la obtención de su título. Sería la primera mujer con un título doctoral en la historia, con tres trabajos de tesis (Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Universidad Veracruzana).

Después de eso, visitó Londres y Francia. Para 1874, la pareja decidió volver a San Petersburgo, a su natal Rusia, con la intención de poder impartir clases. Tristemente su país no estaba listo para recibir a una mujer en la universidad, lo que la dejó al margen de los números, pero las ecuaciones no quedaron ahí, ya que realizó una ligera suma en 1878, un hogar de dos se convirtió de tres con la llegada de su pequeña hija, dando con eso un giro a su estilo de vida, dedicándose a su familia. Pero Sofía tenía una imaginación inquieta y se refugió en las letras, escribiendo relatos; la ficción y el teatro la recibieron con los brazos abiertos, la ciencia no la abandonó nunca y escribió algunos artículos de divulgación científica (Alic, 1999).

Cuando todo parecía estar bien, ocurrió lo inimaginable, la tragedia la tomó por sorpresa con el suicidio de su esposo en 1883, a quien terminó amando. Así ella retomó sus aspiraciones matemáticas y se relacionó con antiguos colegas que la apoyaron hasta conseguir un puesto en la Universidad de Estocolmo. La primera mujer que se convirtió en profesora de la capital sueca, donde impartió 12 cursos sobre aspectos matemáticos (Mataxis, 1999).

Parecía que lo único que la motivaba era su trabajo, su dedicación a las ciencias y a las letras, la compañía de sus colegas, la convivencia de las amistades que la apoyaron, su vida se mantenía a flote en un constante romanticismo por las oportunidades que la vida le presentaba, de ser reconocida en una época en la que los hombres hacían sus leyes exclusivas para ellos.

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