El sábado por la tarde, un conjunto de nubes aplacó un poco el Sol en la capital mexicana y Dani y yo decidimos salir en bicicleta. Nos pertrechamos con alcohol en un cómodo despachador individual que costó 12 pesos; con mascarillas de buena calidad que colocamos en las canastillas; con cascos, que nos pusimos desde antes de darle a los pedales. Y listo: a la calle. Había poca gente. Nos enfilamos hacia Chapultepec, que lucía hermoso y fresco. Los vendedores estaban ya desmontando sus puestos.

Nos sorprendió ver paseando a tantos extranjeros; gente tomando la tarde, jugando ajedrez o haciendo picnic. Menos que siempre, por supuesto, pero bastantes dada la emergencia. Había parejas con sus hijos de brazos. Todos nos veíamos a todos con ojos de sospecha, y qué bueno: tomamos distancia. En pleno andador, nos encontramos a nuestros amigos Jovi y Frank con la pequeña Panchita, que apenas camina. Nos saludamos de lejos. Frank acaba de regresar de Nueva York; es periodista (The New York Times, New Yorker) y da clases allá. Salió antes de que aquello se volviera un infierno. Nos pusimos –de inmediato– a reflexionar sobre por qué no hay una sensación de emergencia en México; nos preguntamos por qué no había tantos casos y luego, el planteamiento obligado: ¿estamos, acaso, viviendo los últimos días de calma antes de que se desate el infierno? En algunas respuestas coincidimos. México no tiene tanto flujo de personas con los países en emergencia temprana, como China; sí hay vínculos fuertes con España, pero leves respecto a Italia. Ambos mencionamos el clima, la temporada; Frank incluso mencionó que el vínculo cercano de los mexicanos con sus abuelitos: acá viven con la familia sus últimos días; en Europa y Estados Unidos los mandan a asilos donde ha habido fuertes brotes o a vivir solos, donde se ven obligados a salir a la calle para abastecerse. Todo para explicarnos qué pasa en el país.

Nos despedimos y quedamos de hacer fiesta vía Skype, tomarnos una cerveza a distancia, conversar. Ellos se siguieron por los andadores y nosotros el paseo en bicicleta: el monumento a los niños héroes, los baños prehispánicos. Nos paramos bajo el ahuehuete seco al pie del castillo, que Nezahualcóyotl habría sembrado. Los ahuehuetes viven quizás miles de años. En el norte se les conoce también como sabinos. Hay sabinos hermosos y anchos por todo el país. Ahuehuete sería lengua náhuatl: āhuēhuētl. Unos lo traducen como “tambor de encino” pero yo me quedo con otras traducciones: “aquel que no envejece”, exquisita definición, o “anciano de agua”, bella. El ahuehuete seco en el cerro del castillo en Chapultepec vivió 500 años. La placa colocada allí dice que en 1969 falleció “debido a la contaminación y la falta de agua”. Lo creo. Pensé, entonces: ojalá una característica particular de estas tierras, que aún desconocemos, tenga la mano puesta sobre el coronavirus. Si mata a un árbol-montaña, pues qué le dura un bicho minúsculo, dije, accediendo un poco a mi propia charlatanería casera. Pero no creo que haya “miles de casos ocultos” como viene pregonando, sin datos y desde hace semanas Samuel García, el ridículo Senador de Movimiento Ciudadano.

*** Llegamos a casa y nos desinfectamos completos. Simone, mi perra, que ha acompañado en su encierro a Dani durante una semana (yo soy el que más sale, porque tengo ahora dos empleos) se preguntaba somnolienta dónde habíamos estado. Comimos con hambre. Y entonces vi una entrevista que hizo El País a los responsables de la OMS-OPS en México, Jean Marc Gabastou y Cristian Morales Fuhrimann. Se publicó ese mismo sábado. Bingo, dije: si alguien sabe cómo vamos y cómo estamos, son esos dos. Ahora sí, a enfrentar la realidad, me dije, y pensé: quizás el ridículo Senador que aparece con cubrebocas en sus fotos y videos alarmistas está en lo cierto y es hora de asumirlo.

Primero, lo del cubrebocas. Yo mismo he difundido que la instrucción, a diferencia de lo que recomendó el gobierno de Felipe Calderón con el H1N1, es dejarlos a personal médico y a enfermos. La entrevista con los de OMS-OPS fue hecha por la periodista Carmen Morán Breña. En la foto que la acompaña, ninguno de los dos especialistas lo trae. Buena señal, pensé. Luego leí: “La casa de la OMS en México está llena de gel antivirus por todos lados y un expendedor de espuma recibe en el ascensor. Pero, si no hay síntomas, ni hablar de mascarillas. ‘Quítenselas’, ordena Gabastou”. Ah, exclamé yo.

Luego, lo de la respuesta de México. La oposición llama irresponsable a Andrés Manuel López Obrador por sus acciones frente a la pandemia y yo quería que los dos entrevistados se expresaran al respecto. Lo hicieron. “México está tomando varias de las lecciones aprendidas por otros países, como China, y está aplicando medidas coherentes con las recomendaciones de la OMS; fue el primero en poner a punto una prueba de detección para el coronavirus y eso es premisa básica para disminuir la velocidad de dispersión de la pandemia. Esos esfuerzos nos hacen pensar que se siguen haciendo bien las cosas, los 164 son aún importados y las personas con las que estuvieron en contacto han sido estudiadas, eso nos deja tranquilos. Estando aún en el escenario uno se están aplicando medidas típicas del dos, cuando ya se da transmisión comunitaria. Eso es ir por adelantado”. Épale, pensé.

“Pongo este ejemplo: en España cerraron las escuelas cuando llevaban más de mil casos y en Italia más de 2 mil; aquí se han clausurado con 100. Podemos apreciar que hay cosas que se están haciendo correctamente, aunque eso no significa que todo va a salir bien, sabemos que vamos a transitar muy pronto al escenario dos y que el tres va a expresarse muy probablemente en las próximas semanas. La incógnita es cómo sucederá. ¿Se dará igual por todo el país, escalonadamente por estados? Eso es un gran desafío”. Uy, expresé.

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