Antes de escribir el primer artículo de este año en esta columna, quisiera dar gracias por las felicitaciones que gentilmente me han hecho llegar mis estimados lectores, gracias a ustedes “El Tlacuilo” sigue opinando y está vigente desde hace ya ocho largos años en este gran diario que lucha tenazmente contra el llamado coloquialmente “chayotazo”, el cual es evidente que hace de las suyas en varios diarios locales e incluso nacionales.
Gracias por sus sugerencias, comentarios y, sobre todo, por sus críticas constructivas, ya que sin ellas simplemente no existiría este espacio. Desearía en verdad poder ser optimista y esperar que este año sea excelente, sin embargo al parecer iniciamos un año decadente y miserable; basta con echar un vistazo a nuestro alrededor y darnos cuenta de una realidad apocalíptica, el país está prácticamente destrozado y aun las clases dirigentes van por más al parecer, ya que no hay miras a que se detengan y entiendan que al tensar la cuerda, ésta un día se romperá y soltará una vorágine que no se ha visto en décadas.
Cuando hace 200 años comenzó a usarse la palabra quizá más resonante de la política moderna, su propio sentido se amplió mucho. “Revolución” del latín revolutio, significaba vulgarmente “cambio” y “vuelta” al punto de arranque. Los autores griegos que sabían de alzamientos contra un tirano (la epanastasis de Herodoto), de un cambio constitucional violento (metaboli kai stasis de Aristóteles) o de una ansia por cosas nuevas (cupidus rerum novarum de Cicerón), no disponían de un término equivalente al de revolución.
Polibio, sin embargo, refiriéndose a Platón hablaba de un ciclo (anakikiosis) de cambios políticos: de estado natural a monarquía, de monarquía a tiranía, de tiranía a aristocracia, de aristocracia a oligarquía, de oligarquía a democracia y de democracia a anarquía para volver de nuevo al inicial estado natural.
Esta teoría de los ciclos, que supone movimiento tanto como vuelta al origen, la nación primaria del término revolución perduraría durante siglos hasta consagrarse en el siglo XVI con la aparición de Revolutionibus orbium caelestium (1543) de Copérnico, que se aplicó por imitación a los movimientos políticos. En todo caso el término revolución se adscribía a muchas cosas y no precisamente tremendas, la “rebelión” era por entonces lo más terrible, como puede apreciarse en la “revolución o mudanza de las llaves” (1618), como llama Vera y Figueroa en sus fragmentos, a la entrega de las del aposento real por Fernando de Borja al duque de Uceda, lo que no pasa de mero incidente palatino.
A partir del siglo XVII, sin embargo, se prodiga el título de revolución a acontecimientos de cada vez mayor envergadura, comenzando por la que se llamaría “Revolución inglesa” la de Cromwell, que ejecutó a Carlos I (1649), y “Gloriosa Revolución” a la que despertó al último Stuart James II (1688) y, además, el filósofo Thomas Hobbes le aplicaría la formula polibiana del ciclo: del rey Carlos I al parlamento largo, del largo al corto, del corto al “protector” Cromwell y, cerrando la vuelta, a la restauración de Carlos II. Desde que existen las clases sociales, el hombre ha luchado por romper con esas diferencias y, en esa búsqueda de igualdad, expone abiertamente su sentir, pensar y actuar, no importando si el medio es la violencia. El claro ejemplo de esta lucha de clases en la historia contemporánea se centra en la Revolución francesa, ante la connotada desigualdad, la revolución era inminente en el sentido de la necesidad histórica, no solamente en su desencadenamiento, sino también en todas las etapas de su desarrollo. La Revolución mexicana gestada por la inmensa desigualdad social, derivada por varios siglos de dominio español y que no halló alivio en la guerra de Reforma ni en la Independencia, por el contrario, en algunos casos, se ahondó el abismo entre ricos y pobres.
Y claro, cabe señalar la Revolución rusa que reveló, sin duda, una identidad como movimiento social del siglo pasado; el doctor Jorge Pueblita, veterinario, especialista en las culturas clásicas y sovietólogo, señala: “Parte de la importancia de la Revolución rusa es que ayudó a ser posible la Revolución china, la vietnamita, la cubana y muchas más”.
Claro que existen detalles dramáticos en cada revolución, son parte de un movimiento social, son intrínsecos mas no dispersos, sin embargo es el precio de la libertad. Son parte del materialismo histórico al que Marx se refería y que sigue tan vigente. Cualquier persona ajena al país que se acerque al Facebook, Twitter, Internet, etcétera. Para comprender el México actual podría pensar, sin temor a equivocarse, que un estallido social está próximo. Pero el activismo de sillón y café está muy lejos de la realidad del país; el futuro de la nación no pasa por las redes sociales.
Ni Ayotzinapa, ni Tlatlaya, ni la Casa Blanca, ni los motines en las cárceles, ni los desaparecidos, ni los levantones, ni las extorsiones, ni la corrupción del sistema político, ni los asesinatos de periodistas, ni los feminicidios, ni el tráfico de influencias, ni el autoritarismo, ni la impunidad, ni las fosas clandestinas, ni el territorio nacional ensangrentado, ni el alza al consumo de la gasolina por las reformas energéticas, ni los constantes movimientos sociales contra el gobierno han sido suficientes para que la sociedad reaccione más allá de una manifestación o un simple grito de protesta.
La indiferencia prevalece, pero ¿por qué?, ¿qué hace que la sociedad no se organice y estalle una revolución?, ¿será el miedo? O simplemente la indiferencia total que ha permeado en cada hogar mexicano que no pretende sacrificar su confort, o bien México se ha convertido en un pueblo mezquino que ha olvidado aquella parte de estrofa: “Un soldado en cada hijo te dio”.

No votes yet.
Please wait...

Comentarios

SHARE
Artículo anteriorSuman esfuerzos Tezontepec y Mixquiahuala contra gasolinazo
Artículo siguienteSábado de cierres y marchas
Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.