Con el objetivo de tomar posesión o adueñarse de cualquier sociedad, los gobiernos despóticos y autoritarios lo primero que tocaron fue la puerta de la censura de la prensa en todas sus manifestaciones. Las noches aciagas de las tiranías en nuestro medio repicaron siempre las campanas del silencio, de la complicidad con los matarifes.
En las épocas de la mordaza, del pan y palo contra las libertades en México, podía medio hablarse casi de todo, con excepción de tres cosas: la virgen de Guadalupe, el presidente de la República y el Ejército mexicano. Quien lo hacía, ubicaba su cabeza en el dogal y era despedido de las redacciones de inmediato, se convertía automáticamente en un apestado.
Muchas carreras se truncaron por cometer ese desliz ‑la del escribidor inició hace 40 años, el 17 de mayo de 1977 en la redacción de aquél Heraldo de México‑.
Entonces, el imperio de las formas, de los modos y maneras se imponía ante lo vertiginoso de los acontecimientos públicos. Los políticos y los informadores se inclinaban ceremoniosamente ante las evidencias. Eran los símbolos del sistema, tan comentados por los escritores de la modernidad.

“La línea” juega un papel preponderante en la sociedad

Los representantes culturales de la teoría de los objetos siempre opinaron en el mismo sentido: ofrecer “visiones” del mundo, destacar valores, normalizar comportamientos y actitudes, todo esto entre comillas. Tenía aquellos efectos inmediatos en todo el sistema social y cultural. Homologaban los gustos, las aficiones, los placeres, y hasta trataban de crear ideologías monocordes.
Es notable, decía Jean Baudrillard, en El sistema de los objetos, el papel macro-ideológico que globalmente juega “la línea” en la sociedad actual. “Es una evidencia que las imágenes y discursos generados por ella, inundan las calles, las casas, la cultura societaria, permean el pensamiento y distorsionan las aspiraciones del individuo.”
En las sociedades industrializadas la manipulación del pensamiento sigue siendo una pesada realidad. Los obreros y empleados gabachos de la basura blanca lo acaban de ejemplificar con el gazapo monumental e histórico de haber empoderado a un enfermo mental como presidente de Estados Unidos.
Haya demostrado aún o no su enfermedad neurológica Donald Trump, el hecho es que el mundo vive angustiado frente a sus ocurrencias desquiciadas, ridiculizando constantemente sus intentos despóticos fallidos, y viviendo al interior del eximperio en el seno de una sociedad irremediablemente dividida en dos, la de sensatos y la de los envenenados. Todos por igual, culpables de lo sucedido.

Lucha por la libertad de prensa: el suicidio del Estado represor

Lo paradójico es que el triunfo del enfermo Orange Trump no se basó en el uso de la censura, sino en el abuso de las libertades para conseguir, a golpe de repetirlo, el fracaso de lo políticamente correcto, y para respaldar la ocurrencia, la promesa sin fundamento, el dislate inconexo, la persecución de las franjas poblacionales que han hecho de ese país un exitoso granero para su sobrevivencia alimentaria.
En nuestro país, la lucha por abrir los espacios de la libertad de prensa corrió al mismo tiempo que el suicidio del Estado, con base en dos ayudantes decisivos: el desmantelamiento salinista de sus bases efectivas, y la corrupción increíblemente desarrollada por los peñanietistas, que acabaron con todo pudor, con cualquier rastro institucional, con el arrase de todos los símbolos imaginables.

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