En la soledad de sus recuerdos, el abandono le provoca calosfríos y le duelen las ausencias tanto como las traiciones y las deslealtades; al final parecen sinónimos y cierra los ojos hasta que una lágrima lo traiciona y la enjuga discretamente.
Es el salón de reuniones, esas del primer círculo, el espacio de desahogos personales y de confidencias y acuerdos en corto, los que se desconocen sin mediar explicación porque ese, justamente ese, es el juramento no escrito. “Si te sorprenden, ni me acuerdo. No lo olvides, cada quien asume los costos”.
¡Ah! Pareciera que han pasado décadas cuando han sido unos años, años pesados, duros, críticos, de lecciones no aprendidas y traiciones nunca soñadas ni deslealtades que llevaron al partido al tobogán del descrédito y a él, como responsable de todos los males, como a Carlos que se le endilgó el alias del Villano Favorito.
¿Qué ocurrió? Cuando dejó la administración estatal estaba bien calificado, pocos le regateaban reconocimiento a su carrera y esa tarea y ese carisma, fama pública que lo catapultó a otro espacio superior, al principal cargo de elección popular del país.
Desplegó su experiencia y se asió a los acuerdos con los prohombres de la política y la economía nacional, con los expertos en asuntos de poder. Pero, recuerda, no fueron gratuitos los apoyos ni los acuerdos fueron con hermanas de la caridad ni filántropos dispuestos a apostar sus fortunas en una aventura.
¿Y con el partido? Bueno, igual los acuerdos fueron específicos y con palabra de honor, aunque pasado el tiempo los cumpliría a medias o de plano incumpliría acicateado por otros intereses partidistas que empujaban tempranamente en la sucesión presidencial.
Para desbrozar su camino, otorgó una dirigencia legislativa sin sobresaltos, otra que le ayudaría en la negociación de sus reformas acompañada de un minado liderazgo partidista y un exilio diplomático; todo con el arbitraje del personaje despreciado por el presidente que cedió el poder porque así lo quiso y negoció.
¿Y el partido? ¡Bah! El partido caminaba solo, aceitado con recursos y el libre albedrío a sus jugadores. Incluso le sirvió para descalificar a uno de los principales contendientes que tenía, el que le hacía sombra porque, pese a haberle operado las reformas, tenía más estrella que él. Y así lo echaría, incluso, a espacios de negociación que le servirían con la oposición que avanzaba inexorable, pero le perdonaría pecados capitales.
¿Corrupción? ¿Los amigos? Quizá por haber abrevado en esos veneros del grupo de poder que quitaba y hacía y deshacía en la política central, olvidó el principio de la verdad y mintió con ella porque declaró que no gobernaría con los amigos y los amigos lo traicionaron, desleales y ambiciosos hicieron de la corrupción acto de fe y lo enlodaron y desbarrancaron la credibilidad que tenía como gobernante.
Incluso el caso de los muchachos desaparecidos fue el punto que reventó a su gestión y lo desbarrancó como responsable de un acto de corrupción y permeabilidad del crimen organizado, en un gobierno de un amigo suyo que se rió de la justicia y luego, incluso, quiso volver a la política de las ligas mayores.
Pero, recordó, en esa soledad de sus recuerdos, que la prensa fue vehículo para endilgarle responsabilidades ajenas, por ausencia de una política de comunicación. Vaya, ni siquiera su operador utilizó los mecanismos harto conocidos, a la antigüita, del manejo de prensa, de los viejos jefes de prensa.
Y ese fue su talón de Aquiles. Una tras otra, una tras otra. Que la casa prístina, que el asunto de la empresa brasileña que… Nada fue atendido con la prontitud que reclama un esquema de comunicación sustentado en un punto simple, pero igual de importante: contenidos, porque los contenidos dieron al traste a su popularidad y lo descarrilaron del top 10.
Ahí estaba ayer, anoche, en ese salón de las grandes reuniones, en el que se han discutido temas de suyo importantes para el país, con un puñado de colaboradores que ya no sabe si considerar amigos o empleados, e incluso como el enemigo en casa porque todo se filtra, todo se sabe a extramuros de la fría y verde residencia que otea hacia el oriente, en esa noche que olía a lluvia y traía el sabor de la derrota.
De allá por los rumbos de la que fue célebre y central estación del ferrocarril llegó un discreto reconocimiento a su gestión, a su trabajo, su apoyo. Muy discreto del derrotado aspirante a sucederle, quien no necesariamente fue su amigo, pero sí el único capaz de competir por ese principal cargo de elección popular.
¿Lo envió al despeñadero? No, no. Fue la aventura, fue la apuesta de un ciudadano con posibilidad de ganar y de pelear tete a tete el cargo al personaje que anoche cumplía su sueño de llegar al poder, de superar al joven aspirante que se hizo de un grupo que desplazó a la vieja dirigencia de su partido.
Sabía del festejo de su sucesor, de la estridencia y sabía que ni para mal lo recordarían en esa noche en la que las apuestas no eran tanto porque ya lo habían traicionado. Y, no hay excusa, tendrá que hablar en cadena nacional y reconocer, reconocer…
En la soledad de sus recuerdos, al amanecer aún continúa siendo dueño del poder máximo, aunque en realidad se le diluye, se le ha escurrido entre las manos. ¡Ay!, la soledad del solitario… Digo.

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