La falta de lo indispensable para vivir empuja a las personas a pensar y a actuar de forma inesperada. Nadie nos prepara para enfrentarnos a la escasez total, a la falta de todo: de alimentos, de agua, de techo, de cama, de privacidad. ¿Qué harías tú en tal circunstancia? Cuidado con lo que respondes, nadie sabe de lo que es capaz hasta que la vida le escupe y le hace ver que la suerte no está de su lado. Sobre estar jodido y no tener ni en qué caerse muerto es este Maldito Vicio. Quién sabe, quizá puedas ser tú el próximo miserable en la lista.

Por: Antonio Madrid*

El pequeño iba bajando por la colina jalando a su perro, un animal corriente, pinto –blanco con manchas negras–. Lo llevaba amarrado con una cuerda vieja, roída y sucia. Al correr ambos, levantaban una polvareda que casi los envolvía. El chico iba jubiloso. En la mano derecha –con la izquierda jalaba a su mascota– llevaba una bolsa de pan.
“¡Mira pa’, me lo regalaron unos señores!, ¡creo que son gringos!, ¡son unos señores altotes, güeros, de ojos azules!, ¡son dos señores y una señora!, ¡me dijeron que me lo coma con mi familia!” , comenzó a gritar desde lo lejos.
Su padre, un hombre alto, de barba sucia y cabello rizado –también sucio– y cara requemada por el Sol, se le quedó mirando y lo esperó pacientemente. Al llegar, lo recibió con una bofetada, que hizo girar el pequeño cuerpo de su hijo, de unos ocho años de edad, yendo a parar al suelo con un golpe seco.
¿Por qué me pegas papá? –dijo el niño con los ojos cubiertos de lágrimas–.
¡Ya te he dicho que no recibas nada de nadie! –le gritó– ¡Somos pobres, pero no necesitamos la lástima de nadie! ¿Dónde está el maldito pan?, ¿dónde está?, ¡aquí está!
¡No papá! –Suplicó el pequeño– ¡No!
Pero el hombre aventó la bolsa de pan. Las piezas ahora se esparcieron por el lugar. El pinto intentó ir tras ellas, pero su pequeño amo lo detuvo, jalándolo de la cuerda. Un hilo de sangre se podía ver ahora en una comisura de los labios del menor.
El niño, encorvado, fue por las piezas de pan y empolvadas como estaban, una a una las comenzó a levantar para echarlas nuevamente en la bolsa. Quizá ya no se podrían comer. ¿O sí? En esos lugares, no se escoge el menú muy seguido, se come lo que hay. “Están re sucias”, “pensó, pero tengo mucha hambre y además, los señores me lo dieron con mucho cariño.”
Su padre se le quedó mirando como un diablo. Taimado y cruel. Pensó que esperaría a que lo tuviera nuevamente en la bolsa para volver a tirárselo y entonces sí, aplastarlo con los pies, bailar sobre el sucio alimento y destruirlo completamente para saciar su coraje, su ira, su frustración, aquella ira que le brotaba por los poros y que le hizo gritar, maldecir y pegarle al pequeñito. Aquella furia que le provocaba que siempre, no una, ni dos, sino muchas, muchísimas veces, casi todas, los vieran como unos pobres mendigos –que lo eran– a quienes tienen que regalarse cosas para que coman, porque no son capaces por ellos mismos de satisfacer sus necesidades primarias, como otros, los ricos, que van a surtirse al supermercado, todos limpios, todos orondos y hasta se dan el lujo de comer a veces en lujosos restaurantes.
El pequeño ahora estaba a unos cuantos pasos de él, mirándolo. Deseó con todas las ganas desaparecer de ahí, pues le tenía mucho miedo a su padre.
Entonces ocurrió algo extraño. El hombre, hasta entonces iracundo y prepotente, se convirtió de pronto en un ser que hubiera sido irreconocible para alguien que fuera llegando en ese instante y se le contara que abofeteó a su pequeño hijo.
Como si le cortaran los hilos a una marioneta, cayó de rodillas con un golpe seco, como de un costal pesado que cae. “¡Perdóname hijo!”, le suplicó al pequeño. “¡Perdóname!, ¡Perdóname, perdóname, perdóname!”, repitió muchas veces como intentando que sus palabras entraran en el corazón de su hijo, quien miraba a su padre desde la inocencia de sus ojos, sin comprender del todo aquel momento, pero contento de que ya no fuera golpeado una vez más.
Se abrazaron. El hijo, acarició la enmarañada y sucia cabellera de su padre y le dio un beso. ¡Sí te perdono papá!, le dijo vehementemente con su dulce vocecita.
El padre siguió llorando quién sabe qué tiempo más en medio de aquel lote baldío que circundaba aquel basurero donde el chico acompañaba a su padre a veces a recoger algunas cosas buenas que tiraban los ricos. A veces lo acompañaban otros de sus siete hermanos y hermanas.
“¡Es que estoy tan desesperado!, ¡somos tan pobres!”, casi gritó. “¡Maldita pobreza!”
Estaban solos, solo ellos tres, contando al pinto. Cuando se levantaron, el padre se había desahogado y su rostro mostraba ahora una ternura infinita hacia su hijo. Como grandes amigos, él lo cargó en sus brazos y le prometió que nunca más volvería a pegarle.
El niño pensó que su padre no lo haría. Lo había visto tan desesperado, tan transformado. Además no era la primera vez que le pegaba, pese a lo cual, el chico lo quería, pero esta vez, el hombre sí cumplió.
Esa noche, en una viga de su humilde casa, su padre se ahorcó.

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa, ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna.

Es que somos muy pobres

Juan Rulfo*

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir 12 años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y solo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como solo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Solo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

*(Apulco, Jalisco, 1918 – Ciudad de México, 1986) Escritor mexicano. Un solo libro de cuentos, El llano en llamas (1953), y una única novela, Pedro Páramo (1955), bastaron para que Juan Rulfo fuese reconocido como uno de los grandes maestros de la narrativa hispanoamericana del siglo XX

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TUITIZA LOCA

No permitamos que sigan acabando con nuestro país!! #Pobreza en #México mayor al 50%….y en la clase política 0%?

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