En sus instalaciones damos clases, presentamos libros, investigamos para transformar, escribimos para explicar, discutimos para respetar todas las posturas e ideologías, convencemos que lo personal es político y reiteramos que el respeto al derecho ajeno es la paz.

En los salones nuestra voz comparte e imagina, en cada palabra citamos a expertos y en cada frase compartimos con sencillez nuestra sabiduría. Se puede experimentar y especular, denunciar y justificar, demostrar y continuar.

En cada estudiante está ese futuro que anhelamos sea mejor, está el presente por el que luchamos, están mil pasados de los que seguimos aprendiendo. Sonrisas y rebeldías, una guitarra sonando en los pasillos, una mano levantada para opinar, una tarea creativa que reafirma vocaciones.

Representamos 7 mil 500 nombres, no solamente uno, alma garza en cada corazón y en miles de vidas cotidianas. Está aquí quien barre, quien sella un documento, quien sonríe detrás de su escritorio, quien estudia, quien enseña y aprende, quien experimenta, quien publica, quien convive, quien conoce a las amistades de toda la vida, a un buen amor, el dato preciso, la cita perfecta.

Somos una universidad. No debemos desgastarnos en mostrar nuestra inocencia, en difamaciones o señalamientos. Hacemos redes con otras universidades como la nuestra, que se dedican al estudio, que apuestan por el saber. No queremos que memoricen nuestro lema, deben atisbar que cada columna, que cada libro que cada alma cree en el amor, en el orden y en el progreso. A veces de manera ingenua, quizá de forma idealista, pero siempre genuina, como el plumaje de una garza, como el viento que sopla a todos lados, plural como nuestras ideas. Somos una universidad exigimos enérgicamente respeto al Estado de Derecho y legalidad que se nos ha otorgado.

Y por levantar la voz, me acusan, me señalan, me critican: Qué parcial eres, afirman.

Y sí, soy parcial cuando se trata de defender a nuestra universidad.

No tengo pruebas, solamente una firme convicción, soy garza. Llevo 16 años de poder dar clases, de investigar, de publicar libros y ensayos, esta columna.

Quienes trabajamos en una universidad siempre oscilamos entre la soberbia y la humildad, pero jamás martirizamos al prójimo como sí pueden hacerlo los verdugos que solamente saben condenar. Quienes estudiamos en una universidad advertimos los infiernos y pecamos para destruirlos, o rezamos para liberarnos. A veces caemos en la intelectualidad fastidiosa, otras veces nos pesa nuestra imparcialidad también tan fastidiosa.

Por eso, cualquier afrenta contra una universidad debe ser rechazada. Cualquier intento de quebrantarla debe ponernos en alerta. Una universidad es una universidad, y si el norte no lo cree y si el sur lo ignora y si el este lo minimiza y el oeste se calla, tenemos que despabilar nuestra autocrítica, debemos debatir con los poderosos, tomar la lección y aprender de ella, mostrar las estrategias, germinar una victoria que reitere y reitere que una universidad es una universidad. Y sí, soy y creo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, mi universidad.

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