En casi todas las novelas de Dick, posteriores a la década de 1970, el escritor no solo estaba enganchado al uso de las drogas, había transitado de la construcción de narraciones con las que se había hecho acreedor al título de Creador de Mundos, por otra en la que su prosa pasó de “interesante” a “revolucionaria y filosófica”.
Por una parte, la disociación psicótica que le indujo el consumo habitual de estupefacientes, le sirvió para romper uno de los cánones básicos de la literatura occidental, ya que si buena parte de los narradores se encuentran casados con el uso más o menos ordenado de los principios aristotélicos, así sea con variaciones, en el caso específico de Dick y su obra, condujeron a un replanteamiento de la realidad.
Por una parte, el escritor, su obra, es el ejemplo más claro de que aquello percibido como la realidad, sea en realidad el producto de una sociedad cuyo sentido de lo que debería ser, en realidad es un conjunto asociado de percepciones que, ya convertidos en consenso, si se rompen de tajo, bien podrían conducir a la percepción de una realidad paralela, en la que el sujeto podría sentirse de pronto en medio de una vida que transcurre en una dimensión diferente de la
que se conocía en un principio.
Así transcurren Fluyan mis lágrimas dijo el policía, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, Ojo en el cielo, Sivainvi, Tiempo de Marte, entre muchas, de las que figura, por supuesto ¿Soñarán los androides con ovejas eléctricas? En esta, una de las escenas memorables es cuando Deckard, a punto de volver a la estación de Policía en la que se le consigna para que dé un reporte acerca de la cacería de los replicantes, en su lugar descubre que está en una ciudad de Estados Unidos en sustitución de la ciudad futurista que estaba al principio de la narración.
Ese principio narrativo por completo propio al desfase de la realidad que se atribuye a los pacientes psiquiátricos, quienes en un momento pasan a una realidad que no es la colectiva, pero por uso de fármacos Dick encontró podía ser un mecanismo único de la literatura, fue lo que convirtió al escritor en una de las panaceas universales que lo condujeron al culto indiscutible de su obra y lo desplazaron del limitado entorno de la ciencia ficción al de la literatura de grandes vuelos y que transformó la cultura moderna.
Años después, el mismo Stanislaw Lem –otro coloso de la ciencia ficción, pero desde la perspectiva que dejó con Congreso de futurología, parecidísimo a Ubik de K Dick–, escribió el único título en su obra, en homenaje a otro escritor: Philip K Dick, un visionario entre charlatanes, para señalar la importancia de la obra del estadunidense, en medio de una cultura derivada de fantasías pulp, con un trabajo que rayaba en lo filosófico de grandes vuelos.
Así, cuando Blade runner se estrenó y marcó el primer hito de una serie de intentos por hacerle justicia a una obra que en conjunto modificó la percepción de qué tan profunda y desperdiciadas estaban las ambiciones de la ciencia ficción, el mismo Dick, conmovido, ante el relieve de su obra, le dio el último adiós a su obra y la vida, luego de un peculiar conato de sabotaje cuando estalló su casa y lo atribuyó a un complot organizado en su contra.
De ese entonces, Vangelis, que ya coqueteaba con la industria cinematográfica desde la composición de Carros de fuego, en torno al atletismo a principios del siglo XX en Inglaterra, para el momento en que se consolidó la producción de Blade runner y pese a la enorme diferencia de fondo entre la obra y el filme, el trabajo del griego lejos de su tendencia a volver acaramelada y empalagosa la composición, contribuyó a la génesis de una atmósfera que subrayó la grandilocuencia del filme, incluso, aunque no se le perciba así, con una serie de sonidos bastante desarticulados, aunque la sensación de conjunto parece todo lo opuesto.
Hoy, a escasas horas de la secuela de Denis Villeneuve, Blade runner 2049, constituye un cierre formal a esta, una de las primeras expresiones en darle a Dick un justo lugar entre los autores más relevantes de la cultura universal.

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