Hace unas semanas hablamos de Sor Juana Inés de la Cruz y de su relación con la música. Continuando con la exposición de la asombrosa capacidad que nuestra décima musa tenía para explotar todos los campos del saber humano, quiero hacer del conocimiento de quien esto lea, que en la música también pudo moverse como pez en el agua, y que su conocimiento de la misma fue profundo.

Bien sabido es que conocía las artes y manejos de la armonía y melodía, ya que en su tratado El Caracol, que aún está perdido, se explayaba como profunda conocedora de las música.

Como no sabemos qué pasó con ese invaluable documento, centraremos nuestra atención en algunos de los textos que todavía existen, en los cuales sí podremos comprobar la enorme valía de esa extraordinaria mujer música.

Primero, quiero hacer mención de los Villancicos, compuestos entre los años 1676 y 1691, los cuales fueron muy populares en esos tiempos, ya que los templos de toda la Nueva España querían cantarlos. Lo asombroso de los mismos es que fueron escritos para ser entendidos por “moros y cristianos”, eso es, entendidos por españoles, indios y negros, ya que estaban escritos en latín, español y náhuatl, lenguas que dominaba a la perfección con las que ensalzó, sutilmente, el derecho de las mujeres a una mejor educación, denunció el menosprecio a los indígenas, así como el maltrato que sufrían los negros. Dichos Villancicos fueron publicados originalmente como Villancicos que se cantaron en la Santa Iglesia Metropolitana de México. Para los maitines de la purísima Concepción de Nuestra Señora. Eso significa que eran cantados entre la media noche y el amanecer.

En su carta de respuesta en 1691 a Sor Filotea de la Cruz, Sor Juana hizo una alocución sorprendente de sus conocimientos de música ya que escribió: “Pues, sin ser muy perito en la música, ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo a Dios Abraham por las Ciudades, de que si perdonaría habiendo cincuenta Justos, y de ese número bajó a cuarenta y cinco, que es sesquinoma y es como de Mi a Re; de aquí a cuarenta, que es sesquioctava, y es como de Re a Mi; de aquí a treinta, que es sesquitercia, que es la del diatesarón; de aquí a veinte, que es la proporción sesquiáltera, que es la del diapante; de aquí a diez, que es la dupla, que es el diapasón; y, como no hay más proporciones armónicas, no pasó de ahí?” En esa arrastrada cultural, que nuestra célebre monja da a Antonio Vieyra con ese solo párrafo, nos da prueba de sus altos conocimientos musicales adquiridos en su muy particular forma de trabajar, donde iba de un estudio a otro, con la finalidad de descansar ya fuera de uno o del otro.


Recreo en términos más entendibles lo que nos refiere Sor Juana en su escrito:
*Sesquinoma: 10/9
*Sesquioctava: 1/8
*Sequitercia o diatesarón: 1/3 o el cuarto grado musical
*Sesquiáltera o diapante: 1/2 o quinto grado
*Dupla o diapazón: 2/1 o la octava
Cito lo que ella dijo: “¿Cómo se podrá entender esto sin música?”

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