Es imposible dejar de evocarla, cada mes de noviembre debo escribir sobre ella porque sus palabras me describen, su imagen me bendice (es la pantalla de mi teléfono celular), sus cartas me hacen más necia, sus necedades me inspiran. En este mes se cumple un año más de su nacimiento. Y entonces, encuentro en los archivos de mi computadora:

En mi columna…

Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos,
y de ausentes enojos
en ecos de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.
Sor Juana Inés de la Cruz debe ser quien, con sus palabras, bendiga mi nuevo espacio periodístico que hoy surge a la vida digital y que gracias a “La Recoleta” he podido parir literaria, metafórica, periodística, feminista e inspiradoramente. No hay súplica más amorosa, frase más provocativa, que pedir con verdadera sinceridad ser escuchada con la mirada. Y todo porque esta columna les pedirá, les va a sugerir, les intentará seducir para que escuchen palabras con su mirada, para que oigan historias con sus ojos, para dar fe a cada personaje con tan solo observarlo, para identificarse con un personaje femenino mientras vamos tentando con agudeza sonora cada frase impresa.
Respuesta a sor Filotea…

Mi texto preferido no solo por la defensa del derecho de la mujer (que tenga el talento) a pensar y a escribir, sino además por manifestar el conflicto existencial entre su vocación intelectual, su sexo y la persecución de la que fue objeto por no negar su instinto intelectual y por su éxito literario. La grandeza de esta talentosa mujer se encuentra en su argumentación perfecta en torno al derecho de las mujeres a recibir educación. La Décima Musa advierte: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino solo para ver si con estudiar ignoro menos”.
Los días difíciles…

Y hasta la fecha hay un poema de sor Juana que logra levantarme cuando la mala fe de algunas personas perfora mi alma, cuando gente resentida quiere desgarrar mi corazón remendado, cuando la vida tramposa me pone obstáculos y malas caras. Entonces rezo estas palabras para inspirarme pese a todo, una y otra vez:
Invicta razón alienta armas contra tu vil saña,
y el pecho es corta campaña a batalla tan sangrienta.
Y así, Amor, en vano intenta
tu esfuerzo loco ofenderme:
pues podré decir, al verme expirar sin entregarme,
que conseguiste matarme mas no pudiste vencerme.

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