“¿Enseñar música a un ángel? / ¿Quién habrá que no se ría de que la rudeza humana las inteligencias rija? / Más si he de hablar con la verdad, es lo que yo, algunos días. / Por divertir mis tristezas, di en tener esa manía. / Y empecé a hacer un tratado para ver si reducía a mayor facilidad. / Las reglas que andan escritas. / En él, si mal no recuerdo, me parece que decía que es una línea espiral, no un círculo la armonía. / Y por razón de su forma, revuelta sobre sí misma, la intitulé Caracol. / Porque esta revuelta hacía. / Pero esto está tan informe. / Que no solo es cosa indigna de vuestras manos, más juzgo. / Que aún le desechan las mías.”

Sor Juana Inés de la Cruz

Así escribió la Décima Musa en uno de sus romances y donde delata la existencia de un documento, desgraciadamente hasta la fecha está perdido, donde escribió sobre la música. Su primer biógrafo aseguró que El caracol o «tratado de música», es una obra que representaba la plenitud de su madurez y fue tan alabada en la época en que la dio a conocer, “que bastaba ella sola para hacerla famosa en el mundo…”.

Imaginar lo que Sor Juana pudo escribir en ese tratado es admirarla más, pero también lamentar que no hay nada cierto sobre el contenido de ese texto. Lo que sí podemos celebrar en este siglo XXI es que la relación de ella con la música siempre fue latente. En 1676 escribió sus primeros villancicos y lo hizo durante 16 años.

Julieta Varanasi González, en su texto La creatividad en la música, tres casos para reflexionar, hace una pequeña descripción de las inspiraciones musicales de Sor Juana. Observa que hay claras evidencias de que poseía de sobra conocimientos musicales. Estudió música con verdaderas autoridades en la materia y además en el Convento de San Jerónimo había un ensamble instrumental respetable, y que se dice que Sor Juana participaba con especial placer.

Janice Ann Shewey, analista de villancicos, le da un valor muy especial cuando la compositora es Sor Juana. De manera muy puntual, la investigadora identifica los compuestos o asignados a la monja poeta: “A la asunción” (1676, 1679, 1685 y 1690, de México); “A la concepción” (1676, México y 1689, Puebla); “A Santa Catarina” (1691, Oaxaca); “A San Pedro Nolasco” (1677, México); “A la Navidad” (1689, Puebla); “A San Pedro Apóstol” (1677 y 1683, de México); y, “A San José” (1690, Puebla).

Shewey advierte que posiblemente Sor Juana nunca escuchó sus propios villancicos, cantados y musicalizados, Aunque igual cree que esa situación no debió ser fatal para la Décima Musa, pues el género era considerado como algo demasiado sencillo de escribir y muy popular. Sin embargo, ese tipo de textos le dieron una gran libertad, libertad que aprovechó para expresar sus sentimientos y resaltar a las figuras femeninas. Bien dijo Octavio Paz: “Imagen de la contradicción: fue expresión acabada y perfecta de su mundo y fue su negación. Representó el ideal de su época: un monstruo, un caso único, un ejemplar singular. Por sí sola era una especie: monja, poetisa, música, pintora, teóloga andante, metáfora encarnada, concepto viviente, beldad con tocas, silogismo con faldas, criatura doblemente temible: su voz encanta, sus razones matan”. Oh, si alguna vez se encontrara su obra El caracol.

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