Invicta razón alienta
armas contra tu vil saña.
Y el pecho es corta campaña
a batalla tan sangrienta.
Y así, Amor, en vano intenta tu esfuerzo loco ofenderme:
pues podré decir, al verme.
Expirar sin entregarme,
que conseguiste matarme.
Mas no pudiste vencerme.

“Vencedor rapaz” es uno de los poemas que más me conmueven de Sor Juana Inés de la Cruz. Seguramente este sentimiento surge porque su fuerza late en cada una de las palabras de este texto. Palpo que pese a todo jamás se dio por vencida. Me aproximo a su dolor pero también a su fortaleza. La imagino soportando tanta injuria de la gente que le tenía envidia, de los sacerdotes que no comprendieron su vocación ni su pasión ni su talento. Supongo que en la vida de la gente sabia como ella siempre existe alguien mediocre que intenta detener tanta creatividad. Estoy segura que en nuestras vidas siempre existe una especie de obispo llamado Manuel Fernández de Santa Cruz, el mismo que la recriminó por escribir, por escribir bello, por brillar en cada texto.
Ante esas injurias, Sor Juana supo defenderse con talento y sabiduría, sin duda otra de sus textos maravillosos es su “Carta a Sor Filotea”, una respuesta contundente a ese personaje que hizo todo lo posible por callarla, por apagar la luz de mujer inteligente, por borrar sus textos que todavía hasta hoy en día se siguen leyendo y nos siguen impactando.
“El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena… Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones –que he tenido muchas–, ni propias reflejas –que he hecho no pocas–, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando solo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aún hay quien diga que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo a quien me le dio…”
Este obispo –como todo villano– intentó y al parecer pudo lograr apagar la luz de talento que ella irradiaba, la pluma generosa de Sor Juana dejó de escribir y regaló su biblioteca, escondió sus instrumentos musicales y –yo digo– se dejó morir pero logró eternizar su triunfo piadoso, su logro memorable. Por eso, cada 17 de abril repito como una oración: “Gracias Sor Juana, por darme fuerza, por enseñarme que vale la pena ser vencedora eterna, amén”.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.