En 2010 me encontré a Miguel Ángel Granados Chapa en un restaurante de su ciudad natal, Pachuca. Estudiante nerd y buena reportera, él me identificaba bien. Conmovida, no dudé en acercarme a saludarlo. Maestro, ¿cómo está? ¡Carballido! Se levantó y nos dimos un abrazo muy cariñoso. De pronto, me miró a los ojos, tomándome de los hombros, dijo: “Creí que nunca le perdonaría que trabaje en esa universidad, pero me han dicho que está haciendo cosas buenas y eso me ha dado mucha tranquilidad”. Pero, ¿saben? no solamente yo he tratado de hacer una labor comprometida con “esa universidad”, puedo asegurarles que cada una de las personas que aquí trabajamos lo intentamos día con día. Por eso, debo expresar esta consternación que desde ayer me invade. Yo llegué a la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo sin conocer a nadie y sin saber nada sobre ella. Poco a poco mi trabajo hizo que destacara. Gracias a esta universidad me convertí en investigadora, he publicado libros, a mis 48 años por primera vez viajé al extranjero, he sido presidenta de organizaciones de gran prestigio, me invitan a infinidad de conferencias y congresos. Estoy muy agradecida, por eso digo con mucho orgullo que soy garza. Por eso, desde hace unos meses, pero sobre todo desde ayer he visto pasar cosas que me consternan y me duelen. He leído con mucho respeto comentarios de periodistas –muy amigos míos, por cierto– de estudiantes, de colegas cercanos, de gente desconocida, celebrando o lamentando esa noticia que empezó como un rumor y después se confirmó. Cada quien, con su verdad, su postura, sus pruebas y sus injurias. Yo solamente tengo mi propia experiencia, la de sentirme valorada en esta universidad, de acudir a buscar protección cuando me he sentido vulnerable ante quienes han sido mis jefas y siempre encontré el apoyo, siempre fui escuchada y siempre he comprobado que algo se hizo porque esos ataques perdieron fuerza. No puedo dejar de evocar esos encuentros donde me saludan por mi nombre, sin que ningún secretario deba soplarlo al oído como en la película El diablo viste a la moda. He sido llamada para ser felicitada por mi trabajo y para pedir mi apoyo en eventos significativos como la Feria Universitaria del Libro, la presentación de un personaje destacado, el escrito que haga brillar cada actividad que se realiza en esta institución. Y tengo muchas anécdotas de coincidencias, de buenos ratos, de atenciones, apoyos infinitos, sonrisa amigable, saludos cariñosos. Dice un amigo que padezco el síndrome de Estocolmo, pero yo estoy segura que mi sentimiento es solamente un total agradecimiento, nunca me he sentido más contenta como cada mañana que empiezo mis actividades en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, nada como palpar la juventud talentosa de cada estudiante, cada proyecto convertido en libro o en conferencia, cada amistad ganada, cada amistad perdida. Y por todo eso, tengo la fuerza de reconocer este dolor y esta indignación, confiar en quien ha sido el líder de esta universidad, un hombre que miro desde mi propia experiencia y subjetividad total, Gerardo Sosa Castelán.

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