Richard Matheson ya era una celebridad cuando decidió escribir Soy leyenda; varios de sus cuentos más emblemáticos fueron parte de las publicaciones pulp en un momento cuando se sabía que el género ya había dado de sí todo cuanto podía, estaba agotado. Los autores nuevos no aportaban gran cosa y los ya establecidos apenas daban indicios de proponer algo. Así, en medio de ese entorno ya oxidado, Matheson ofrecía la historia de un agente de viajes que enloquecía en pleno vuelo porque según él, una criatura estaba posada sobre una de las alas del avión.

De la misma forma, también para La dimensión desconocida (The twilight zone), la paradójica historia de dos familias que deciden huir de su hogar ante el inminente estallido de un apocalipsis nuclear; el relato de una niña que accidentalmente se desliza por una grieta que la conduce a una dimensión paralela en su habitación y solo se escuchan sus gritos pidiendo ayuda. Muchos años después, Matheson será el autor de Prey, relato inmortal sobre una muchacha que tiene la talla en madera de un guerrero zuni, pero al perder la cadena que lo contiene, el muñeco la perseguirá sin descanso adentro de su departamento.

Así, de la misma forma, tras haber publicado El hombre menguante, sobre una persona irradiada con una forma de energía llegada del espacio que poco a poco disminuye su tamaño hasta volverlo una criatura diminuta, idéntico en todo a un ser humano, pero pequeño, fue hasta la publicación de Soy leyenda cuando el autor se consagró entre los grandes autores de la literatura universal.

Pese a que, con sobradas razones, solo hay un puñado de autores que han tenido la justificada razón de haber logrado la inmortalidad gracias a sus textos, Matheson siempre se mantuvo sobre la intuición de crear contenido en condiciones propicias con los productores apropiados, de tal forma que una de sus asociaciones más emblemáticas sería con Rod Serling, de donde provendría gran parte de su fama.

El tono pesimista de su obra es propio de su tiempo, el momento de los avisos concluyó, ya no queda qué rescatar, el aviso se llevó a cabo en un momento y nadie fue capaz de intervenir como era debido. Incluso, las condiciones en que todo se presenta son horriblemente familiares. Robert Neville, especialista en biología, se descubre inmune a la cepa de un virus creado por el hombre, pero que ha cobrado la vida de todos los seres humanos en la Tierra, incluidas varias especies menores, particularmente las mascotas.

Cuando comienza la narración, Neville ya es un recluso en su hogar y solo sale de día para quemar aquellos cuerpos con los que se encuentra, pero sobre todo para que no regresen a perturbarlo, ya que los afectados terminan sus días como una mezcla de zombies y vampiros, incapaces de exponerse a la luz del sol, pero en condiciones de un cadáver cuando se les encuentre en el día.

La novela es un alegato contra la intolerancia, de forma que The last man on earth (1964), primera adaptación cinematográfica se llevó a cabo con Vincent Price, apoyado por Matheson mismo. La segunda versión, The Omega man (1971) con Charlton Heston, sería una de las tres obras maestras del apocalipsis del hombre, junto con El planeta de los simios (The planet of the apes, 1968) y Cuando el destino nos alcance (Soylent green, 1973). La última versión, ya con un nombre más ad hoc fue Soy leyenda (I am legend, 2007), pese a que existe una versión libre del mismo año, conocida como Soy Ωmega (I am Ωmega, 2007).

De la suma de las tres películas, mientras Vincent Price ve películas en su casa con un proyector de 8mm, Heston lo hace repasando Woodstock una y otra vez en una sala de cine, el Neville de Will Smith reproduce hasta la náusea Legend, álbum donde se encuentran las mejores canciones de Bob Marley and The Wailers y están “Redemption song”, “I shot the sheriff”, “Three little birds” y “Stir it up”, las inmortalizadas por la cinta.

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