“Suceden cosas, siempre suceden cosas. Malo fuera que no sucedieran. ¿No te parece?” Y claro que le parecía. Él acostumbrado a que le pasaran constantemente no podía negar lo que ella le decía en un tono de súplica.

Había previsto aquella situación mucho tiempo atrás, cuando de niño la distinguió volando en el columpio empujada por su madre. La vio tan frágil en aquella ocasión, aunque al mismo tiempo el brillo de sus ojos claros era tan decidido.

Se restregó los párpados y después, como si viera a otra persona detrás de un escaparate inexistente, suspiró profundamente, tragando todo el aire contaminado que le fue posible en aquella noche de cuarto menguante del mes de febrero.

Poco antes se enteró que se llamaba María, y que habitaba a unas cuadras de su estudio de Vallecas. Lo supo por un amigo que la conocía desde hacía algún tiempo y de cuyas palabras se desprendían algunas afirmaciones que él creía del todo falsas.

Cuando estuvo delante de ella su mirada le resultó demasiado conocida para ser coincidencia. Empezó a forzar la memoria para dar con la imagen que la definiría exactamente. Le costó dar con la niña del columpio, pero al fin llegó a ella por los recovecos laberínticos de un ensueño lleno de agujeros negros.

“Te llamas María ¿No es así?” Sin sorprenderse demasiado de que él supiera su nombre, lo miró fijamente como aquella vez. No tardó mucho en cuadrar la cara del hombre con la del niño que fue y en pensar que aquello era destino.

Más allá de aquel primer instante, todo lo que ocurrió a continuación fue tan semejante a una predestinación que les pareció estar viviendo un sueño,
que sin ser cíclico ni tampoco repetitivo tenía parcialidades de ambos.

Todo sucedió muy rápido, demasiado aprisa. Llegado el amanecer compartían un instante de columpio en un parque y la tentación de una mirada que era más un signo de interrogación que de deseo.

El airecillo fresco de la amanecida les susurró algo antes de que entraran a tomarse un chocolate con churros en una cafetería de la plaza de Santa Ana, cerca de Atocha, donde agarrarían el tren para ir a Sevilla y perderse en el parque de María Luisa.

Diluidos en la taza de chocolate se tomaron de las manos por primera vez y quedaron en silencio, presintiendo un beso. A la salida se despidieron sin dárselo y sin intercambiar teléfonos o direcciones. Dejarían al azar un nuevo encuentro.

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