Domingo de comida con la familia, paseos matutinos o por lo cerca que vuelve a estar el lunes un lacónico sentimiento por haber terminado el descanso de fin de semana… ¿Qué hacemos? ¿Vemos una peli? ¿O salimos a tomar un café?, quizá sea mejor realizar algunas actividades pendientes para regresar a la semana laboral.

Sin embargo, en un país por excelencia creyente, el domingo para la mayoría de los mexicanos está dedicado a congregarse religiosamente recordando un poco la espiritualidad. Pero, ¿qué pasaría si el máximo icono de la religión católica fuera demolido?

Si la Catedral Metropolitana fuera solo un episodio en los libros de historia y en su lugar estuvieran escuelas o centros de arte que permitieran tener un acercamiento con la cultura.

En algún momento esto pudo haber sucedido, de haberse hecho realidad la propuesta de Juan José Baz. En él todo era pasión, y fue el calor del momento que lo llevó a tener una afrenta personal contra la catedral, y lo que ella representaba, suceso que pasaría a la historia más como anécdota y rima, que como una afrenta militar.

Nunca pudo realizar su sueño más acariciado: demoler la catedral de la ciudad de México a cañonazo limpio. Se cuenta que cuando Juan José Baz (1820-1887) pasaba frente al majestuoso templo daba un suspiro y se imaginaba cuántas escuelas, edificios y centros de arte podrían construirse con aquella cantera, y lo bien que se podría usar su espacio para cosas de provecho. Este oriundo de Guadalajara sería una de las peores amenazas contra la arquitectura religiosa en toda nuestra historia nacional.

Proveniente de una familia distinguida y de ascendencia aristócrata, excombatiente de la guerra de los pasteles y contra los invasores estadunidenses en Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec, el carácter de Juan José Baz y Palafox era, en palabras de Enrique Fernández Ledesma, “impulsivo, tozudo, delirante de acción; lírico del jacobinismo, insolente y hasta obsceno cuando le ganaba la exaltación; gustaba de las exhibiciones de su valor, siempre lleno de ardores y de penachos y se hacía llamar el inmaculado”.

Fue cuatro veces gobernador del Distrito Federal, la primera a instancias de Benito Juárez, quien vio en aquel güero astuto, lleno de energía, al perfecto candidato. No para guiar una ciudad en plena crisis y transformación, sino para embestirla. “Se le ve a don Juan José en todas partes –comentó un periódico de la época–; accionando, gesticulando, improvisando y resolviendo problemas. Las colas de su frac azul parecen gallardetes agitados por el viento. No corre, vuela. No piensa, obra. Solo que a veces obra sin pensar”.

Todo comenzó cuando en 1856, durante la Semana Santa, a este un tanto obstinado jefe de Gobierno, casi siempre furioso, le negaron rotundamente la entrada al recinto. Y no era para menos: don Juan José quería participar de los oficios del Jueves Santo entrando a la catedral montado en su caballo. La negativa de los curas lo sulfuró y al día siguiente regresó con la artillería, misma que dispuso frente al atrio, mandando a la tropa a rodear el sagrado inmueble. El pueblo reaccionó de inmediato, y en medio del fervor religioso que caracteriza tales fechas, enfureció y se amotinó frente a la catedral. La situación, tensa y a punto de estallar, llevó a Baz a replegarse, y así el extremista ateo se quedó con las ganas de reventar en mil pedazos la catedral.

La batalla de Jueves Santo, obra salida de la pluma de don Ignacio Aguilar y Marocho, “alto miembro del Partido Conservador, literato católico y hombre ingenioso”, fue un pliego que se publicó ridiculizando el hecho. Sus varias ediciones circularon por las calles de la ciudad con éxito rotundo; según Fernández Ledesma “militares y paisanos, amas de cría, arrapiezos y hasta señoras” repetían sus versos de memoria: “Fija, cual buen general, su primera paralela en medio de la plazuela, para sitiar la catedral”.

El 16 de septiembre de 1856, el entonces presidente sustituto de la República Ignacio Comonfort publicó un comunicado donde entre otras cosas se decretaba la demolición de edificios y la ocupación de terrenos para causa de la utilidad pública, así como la inmediata apertura de calles comunicantes. No pudo haber mejores noticias para Juan José Baz, quien tomando la disposición del presidente con entrañable cariño comenzó a demoler todo a su paso, sobre todo si con ello lograba fastidiar al clero. Pocos políticos han logrado en tan corto tiempo cambiar radicalmente la geografía de su ciudad. En su libro, Elogio de la calle: Biografía literaria de la Ciudad de México 1850-1992 (Cal y Arena), Vicente Quirarte dice: “Entre 1861 y 1867, bajo el mandato de Baz, se demolieron total o parcialmente los conventos de San Francisco, Santo Domingo, San Agustín, San Fernando, La Merced, La Concepción y Santa Isabel”.

Para derribar tanto edificio clerical, construcciones originalmente concebidas para funcionar como fortalezas medievales, Baz gustaba de usar un método que perfeccionó con ahínco:

“Untar de brea grandes vigas para atorarlas entre piso y techo y posteriormente prenderles fuego para que el edificio se derribara”, comenta Quirarte, y si no, pues siempre estaba a la mano un buen mortero.

Además, el gobernador era un destructor rapidísimo: cuando Benito Juárez visitó el cadáver de Maximiliano (una visita que se realizó con tanto sigilo que los periódicos de la época no la registraron), y en donde Juárez pudo concebir en toda su magnitud el triunfo de la República y su victoria personal, comenta el historiador Alejandro Rosas, dispuesto este en la iglesia de San Andrés, temía que aquel recinto se convirtiera en una especie de centro de peregrinación de los partidarios del imperio. Entonces Baz se ofreció solícito a destruir el templo, cosa que consiguió en una sola noche. De igual forma, en una sola noche, abrió la calle de Independencia y derribó parte del convento de San Francisco. También abrió la calle 5 de Mayo, de la que López Velarde escribió: “Le soy adicto, a sabiendas de su carácter utilitario, porque racionalmente no podemos separarla de las engañosas cortesanas que la fatigan en carruaje, abatiendo, con los tobillos cruzados, la virtud de los comerciantes”. Sorprendentemente, sobre todo para un demoledor tan atareado, Baz tuvo tiempo para construir la Escuela Industrial de Huérfanos.

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