Quién en la infancia soñó en convertirse en: migrante buscando el sueño americano, en comerciante ambulante, en tragafuego, huachicolero, en consumidor de cristal y otras sustancias tóxicas. Sin temor a equivocarme puedo decir que todos y todas en la infancia soñamos con convertirnos en grandes y excelentes personajes, según los ejemplos que tuviéramos a la mano. Las noticias sobre asaltos y robos son aderezo de cada día, lo mismo que las fugas e incendios producidos por el robo de combustible, actividad conocida como huachicoleo.
Cualquier actividad ilegal que produce o comercializa mercancías ilícitas se mantiene y expande porque existe una demanda del servicio o producto, tal pareciera que los mexicanos y mexicanas tenemos incorporado en nuestra cultura la adquisición de servicios y/o bienes ilícitos, en ello entran la música, videos, software, ropa, combustible o cualquier producto cuya adquisición sea imposible por otro medio. La compra de productos ilícitos quizá ya forme parte de nuestra cultura, pero me parece que también se debe más a la situación económica, en México los ingresos obtenidos por un trabajo remunerado están más erosionados en su poder adquisitivo.
La mayor parte de las personas que trabajan recibe un salario y gana un promedio de tres salarios mínimos diarios, que sumados apenas alcanzan para cubrir la alimentación de una familia nuclear (progenitores e hijos), dejando en segundo término los artículos de higiene; ya no se incluyen actividades de recreación y consumo cultural, entre otras necesidades. Por ello, no es extraño que las personas y sus familias usen su derecho de elección de consumo que les otorga el libre mercado: música y videos clonados, software “pirata”, ropa de remate, combustible a bajo costo, entre otros.
No es mi propósito justificar la compra de productos ilegales, pero me resulta necesario alargar la mirada para entender nuestras acciones, pues la pobreza de la mayor parte de la población es una condición que nos acompaña desde hace siglos, pero nunca como ahora habíamos tomado conciencia de nuestras carencias y necesidades, pues la globalización económica y cultural también hace posible el libre tránsito de ideas y ejemplos de la vida de “otros”, instalando en los y las receptoras de mensajes visuales y auditivos algunas aspiraciones e inspiraciones que involucran el poder adquisitivo.
Una población empobrecida con aspiraciones de consumo es un mercado ideal para los empresarios de la ilegalidad capaces de articular y dirigir redes de complicidades. Celebro a las personas que hacen y usan todos sus recursos para cumplir sus aspiraciones aunque sea a través de transacciones ilegales, con ello me refiero a los y las pequeñas consumidoras que realizan grandes esfuerzos por tener una película en su casa, pues el cine es una actividad vedada para sus ingresos, también les resulta imposible acudir en familia a eventos culturales públicos, porque generalmente significa el pago de transporte que desequilibra el presupuesto doméstico.
Nadie en nuestro país soñó con un trabajo cuyo ingreso tuviera un poder adquisitivo de sobrevivencia –solo alimento–, tampoco se imaginó parado o parada en un semáforo apelando a la solidaridad de unas monedas, nadie se pensó como comprador de combustible barato y de dudosa calidad para hacer funcionar un automotor, tampoco se propuso ser consumidor de drogas para recrearse ante la falta de una oferta y acceso a las actividades culturales. En algún momento los sueños se torcieron, incluso me arriesgo a suponer que a estas alturas de la situación de nuestro país, hay personas que prefieren no soñar porque los sueños son crucificados sin esperanzas de resurrección.

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