Me había ido muy bien en el viaje de ida, quizá demasiado bien. Incluso había tenido dos asientos para mí solo. Todo un lujo en los tiempos que corren. Por si eso fuera poco, el pase de fronteras había sido tan terso y suave que me pareció irreconocible. Sobre todo, porque las últimas experiencias en ese particular no habían sido demasiado agradables.

Esperaba, ¡la esperanza es algo tan relativo pero al tiempo tan esperado! En fin, esperaba que el viaje de vuelta fuera igual que el de ida; mejor lo consideraba imposible. Me conformaba, eso sí, con un poquito peor, aunque no demasiado.

Me había tocado en el sorteo de la compañía aérea, puesto que no había tenido oportunidad de elegir asientos. Eso solo se lo dejan a los que están dispuestos a pagar una diferencia exagerada en el precio, que no es mi caso.

Decía que me había tocado, en ese invisible sorteo, un asiento en la puerta de emergencia. Esa que nunca sabe uno cómo abrir en caso de verdadera necesidad, y que en todo caso, me parece que hay que aplicarle una fuerza que pocos tienen.

Llegué al aeropuerto con mucho tiempo de antelación y me entretuve mirando y mirando cosas, y dando vueltas y más vueltas. En eso escuché mi nombre por megafonía y empecé a correr por los pasillos, esquivando gente, rumbo a la puerta de embarque.

Llevaba 50 metros recorridos a velocidad de vértigo, o eso creía yo, cuando me salió al paso alguien de la compañía, quien me preguntó que si era yo, a lo que respondí que desde que nací yo era yo. Entonces, me contestó que si era yo debía correr más aprisa porque estaban a punto de cerrar el embarque.

Ahogadito llegué a esa puerta, que justo detrás de mí se cerró. Me acompañaron a mi asiento, amabilidad de los asistentes de vuelo; me senté con la respiración agitada y estiré las piernas. Delicia del sorteo, no tenía nadie delante de mí y podía estirarlas cuan largas eran.

Pero en esto, llega el gentil asistente de vuelo y me ve, me calcula y llega a la conclusión de que no soy el que se precisa y busca a otro para que ocupe mi lugar y yo el suyo.

Bueno, me dije, “este otro asiento no está tan mal”. No, no lo estaba en un principio, pero eso cambio en un momento. Había tres lugares, el del medio estaba vacío, y a mí me tocaba el del pasillo, como me gusta. Ningún problema hasta el instante que la menuda mujer que estaba junto a la ventana pidió un favor. Su petición me hizo el viaje terrible.

Preguntó si el asiento de en medio lo podía ocupar su marido. Le dijeron que sin ningún problema él podía ocuparlo. Yo viendo que ella era menuda tampoco veía ningún inconveniente, en la creencia de que su cónyuge sería de tamaño parecido al de ella. ¡Qué equivocación!

Cuando llegó el señor me froté los ojos sin creer lo que veía. Lejos de ser menudo o siquiera normal, era el hombre verde en persona. No sé si me entienden, era una enorme masa con cara y cuerpo del mismísimo Hulk.

No, no les engaño. Era el mismísimo Hulk en persona, aunque sin su verde característico. Así que pueden imaginarse fácilmente el viaje que tuve. Solo les daré algunos ejemplos, no para que se compadezcan de mí, nomás para ilustrarles sobre aquellos momentos.

Me pasé 12 mil kilómetros con unos brazos, los de él, que no sabían dónde meterse, y otros, los míos, que no encontraban dónde esconderse de aquellas masas enormes de músculo, que cuando no apretaban mi antebrazo se hundían en mi riñón.

Por suerte, el avión aterrizó y se acabó tan cruel agonía. De resultas de la “lucha libre aérea” que me había aplicado el terrible Hulk, necesité varios tratamientos de recuperación de mi pobre cuerpo maltratado.

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