Debeladora de misterios, abuela de las ciencias exactas, madre de la erudición, prima hermana en segundo grado de Santa Cananteria (a quien se reza “déjame pasar la materia”) e idioma universal (con disculpa para el amor), así son las matemáticas, noble ciencia de abstracciones y rayones, creadora de placenteros pensamientos cuando es comprendida y de súbitos malestares cefálicos o gastrointestinales que requieren reposo en cama cuando no la dominamos (malestares que por tradición no requieren chequeo médico y coinciden con época de exámenes).
En su germinación, antes que brotara en intrincadas pero nunca torcidas ramas (que no hay que enderezar) y floreciera la trigonometría, el álgebra y el cálculo diferencial, por mencionar algunos frutos de este árbol exacto, la raíz científica de las matemáticas, más que del latín o del griego, yace en la aritmética.
Y esta es la raíz del problema (sic).
Al ser la aritmética de una sencillez básica para dominar las tierras de sumas, restas, multiplicaciones, divisiones y fracciones (que su resolución ya rozan el cálculo integral, al menos para su fraccionario servidor), resulta natural que esta ciencia exacta sea extensible a la vida cotidiana para facilitar la mayor cantidad de vericuetos posibles: cargar cantidades precisas de calderilla y evitar la desintegración de papel moneda de alta denominación al liquidar el transporte colectivo, contabilizar en retroceso mental con precisión milimétrica el tiempo de arribo al empleo para sumergirnos en lapsos oníricos de cinco minutos y, por supuesto, cuando cumplir años para entrar en crisis.
De las tablas de multiplicar y los tablones de dividir (ambas herramientas nacionales de la aritmética), la del 10 es de una facilidad abrumadora e indiscutible; y entre las emociones intrínsecas de la humanidad, la crisis es, también, de mayor accesibilidad… Ineludible su conspiración para unirse.
Entonces, resulta harto sencillo contabilizar los años en decenas para ingresar al socialmente aceptado desasosiego que titula este texto que, por ejemplo, comenzar a dividir la edad en múltiplos de siete, o de nueve, o de tres (ya sin abordar fracciones). Ejemplifico y resuelvo:
Llamemos a la crisis de los 20, 30, 40, etcétera, la “crisis de la decena”, luego, al estar punto de apagar un pastel con, supongamos, 28 velas, surge el pensamiento “28 entre 10, uno por dos dos, llevamos cero, bajamos el ocho, ponemos el punto decimal y… no, todavía no me toca crisis”; ahora, conjeturemos que existe la “crisis de la decena”, de nuevo pastel tal vez de otro saber pero ahora con 37 velas, surge entonces la abstracción momentos antes del soplido “37 entre siete, no alcanza, bajamos el tres… por cuatro no, por cinco tampoco, por seis da 35, nos sobran dos, punto decimal, siete por dos 14 para 20 faltan seis, añadimos un cero…” Grado de complejidad mayor con riesgo de cera en el chantillí al terminar su resolución.
Con el fórmula anterior (crisis = múltiplo de 10) es demostrable al menos en este papel, que ingresar a una etapa de dificultades es meramente un asunto aritmético mal utilizado, porque ¿para qué estar contando años a la espera de llegar a edades de angustia, habiendo infinidad de posibilidades más favorables? Como contar estrellas, anécdotas, cenas con amigos (calorías tampoco, por favor), películas, libros, cuentos, contar juntos, contigo, conmigo…
Si eliminamos la segunda constante de la fórmula descrita, voilà!, crisis = cero, ergo, la vida se muestra benéfica, favorable, provechosa y más agradable; no son eliminados tooodos los conflictos mundiales, pero al menos, la edad deja de ser un problema crítico.
Y ya que (espero) seguirá mi recomendación aritmética para disfrutar de cada año e iniciará el conteo de situaciones y materialidades más propicias, le solicito que contabilice los días hasta la próxima entrega de esta columna (con ligadura a las premisas aquí expuestas) donde, ahora sí, le revelaré el secreto de la eterna juventud.
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Maratón Anual
de Lectura 2017, semana siete

  • Leonardo Muñoz
    Un viejo que leía novela de amor / Luis Sepúlveda. Selección poética / Federico García Lorca. Ajeno a la Tierra / Richard Bach. Huesos de lagartija / Federico Navarrete. Total: 6
  • Leticia Andrade Martínez Ausente. Total: 1
  • Leslie Edith Varela Saavedra
    El diario del búnker / Kevin Brooks. Los ojos de la luna y el fin de los cometas / Javier Allard de Landa. Laura y Dino / Alberto Montt. La madre y la muerte / La partida / Alberto Laiseca y Alberto Chimal / Nicolás Arispe. Diente de león / María Baranda. Las crónicas de Wildwood / Colin Meloy (leyendo). Total: 9.
  • Iridián Luqueño
    Popol Vuh (leyendo). Total: 2
  • Víctor Decimal Valencia
    Obras reunidas. Cuento / Ricardo Garibay. Total: 4
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