En apariencia, el estrepitoso desenlace de la novela barcelonista llegó a su fin. Josep María Bartomeu abandonó el barco justo antes de ser echado. Al exdirectivo lo acusan de anteponer sus intereses personales a la historia del club, además de hipotecar el futuro financiero y poner en riesgo la continuidad de su jugador más valioso.

Aun con todo, el empresario catalán dejó una última bomba en el seno de la UEFA: en medio de la crisis económica mundial por el Covid-19 desenterró la posibilidad de crear una nueva competencia de élite a nivel de clubes. “Puedo anunciar que ayer aprobamos los requerimientos para formar parte de una Superliga Europea”, dijo el desmejorado personaje durante su conferencia de dimisión.

Como un niño que coloca la última tachuela del año en la silla del director, Bartomeu abrió la caja de Pandora y obligó a media Europa a discutir sobre el proyecto. Dicen que su misil tenía por objetivo a Javier Tebas, presidente de LaLiga, con quien discrepó en múltiples ocasiones. Otras lecturas más osadas sugieren que fue un intento por desviar la conversación y escabullirse ante una inminente persecución judicial.

Lo cierto es que los altos mandos del balompié tuvieron que pronunciarse. Tebas calificó de desafortunadas las declaraciones del exculé, al tiempo que sugirió que trataba de una estrategia impulsada por Florentino Pérez, presidente del Real Madrid. Lo propio hizo el presidente de la UEFA Aleksander Ceferin quien reiteró su rechazo a la nueva competencia, mientras que el entrenador Arsene Wenger la calificó como un plan para destruir a la Liga Premier de Inglaterra.

Hasta donde saben, el Barcelona habría cumplido con los requisitos para formar parte de una Liga de superclubes a nivel continental. El proyecto, presume, fue coordinado por el Real Madrid y el Manchester United, dos de las tres franquicias más poderosas en el mercado del balompié. Como los blaugrana, esperaría que unieran Juventus, Manchester City, Atlético de Madrid, Paris Saint-Germain, Bayern de Múnich y otros titanes del mismo calibre.


Si bien la premisa asemeja más a una tarde de videojuegos con los amigos, las principales críticas al proyecto recaen en su elitismo, la perversión de la competitividad deportiva y, ultimadamente, la renuncia a los resultados rompequinielas. Si bien la Superliga europea aun pertenece al mundo de las ideas, su intromisión ha devuelto a la esfera pública la pregunta fundamental: ¿para qué jugamos al futbol?

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