Hay solo una forma de ser el mejor: superando a los demás. Solo puede haber un número uno, dirían por ahí. Y hoy, en efecto, no existe club en el mundo que sea mejor que el Real Madrid.
Luego de un año que comenzó incierto, los merengues han logrado consolidarse como líderes supremos de la Copa de Campeones de Europa. Anulando al que se vaticinaba como el rival más complicado, Sergio Ramos levantó, por segundo año consecutivo, el trofeo más codiciado del viejo continente. Algo que nunca nadie había logrado.
Con ello, Zinedine Zidane consolida el inicio de su carrera al formar a un equipo de época una vez más: primero en la cancha, después desde el banquillo. Zizou ha inculcado en sus pupilos un estilo de juego voraz y ambicioso, donde ganar no lo es todo, sino lo único. En retrospectiva, el Madrid supo encontrar en su talento individual y colectivo, encabezado por Cristiano Ronaldo, la fórmula para abrirse paso a pesar de los pesos pesados del balompié que tuvo que eliminar para conseguirlo: Atlético de Madrid, Bayern Múnich y Juventus, así como Barcelona en la liga.
El mantra de los merengues es simple: “sin piedad”. Rescatando los principios bajo los cuales fue fundado, la capital española tiene dignos representantes en el deporte más hermoso de todos. Sin compasión o consideración alguna, la determinación poco titubeante de los madrileños vuelve sistemas tácticos en cenizas, desaparece a figuras de talla mundial y replantea la manera en que se hacen las cosas. Siempre dejando las cosas claras: aquí mando yo.
Más allá de los colores, de la camiseta que defendamos o las simpatías que sintamos, es imposible no reconocer la labor de este grupo. Jerarquías como la que hoy se levanta deben ser celebradas, pues, más allá de los nombres, son los hombres que hacen rodar la pelota los que se encargan de crear la magia y enmarcarla para la posteridad.

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