Diego Castillo**

Sus murciélagos eran tan claros, tan evidente, que lo había pasado por alto. Había un lápiz en aquella mesa… Ese instrumento para escribir o dibujar, para ponerse sobre la oreja cuando se tienen las manos ocupadas, para borrar cuando uno comete errores. Un lápiz, qué daño podía hacer un simple lápiz. Pero en realidad me estaba haciendo tonto, desviando los pensamientos hacia cualquier rumbo que no fuera el recuerdo, presintiendo los murciélagos en las entrañas, sus murciélagos. Al revisar algunas notas viejas llegué a un sitio del pasado donde esa mujer y yo discutimos por algo que ya he olvidado. Yo estaba en su casa, parado en el umbral de la puerta que da a la calle, a punto de largarme. Debió ser una pelea de tantas. A veces uno abandona todas las luchas, todas las causas, porque nunca le pertenecieron. Deja de esforzarse hasta por cuidar de uno mismo y por lo que tanto se llegó a querer. “Digamos que me quedé mirando cómo esa mujer se marchaba con todas las bandadas. No fui capaz de decirle que no, que esperara, que yo tenía algo para darle todavía, porque ya no quedaba nada”. “Nuestro amor fue esa piedra que se queda callada cuando le hablamos, pero que se interpone en nuestro camino para que trastabillemos. Nuestro amor fue esa piedra que nos golpeó la cabeza y que no vimos venir”. Por supuesto, ya olvidé de dónde saqué esa idea.

Algunas de las viejas anotaciones eran un mensaje para un pasado imposible: “Escucha: soy el tú de cinco años después. Recapacita. Hiciste muchas cosas mal. Te advierto: cuando ella diga que eres libre, cuando llegue el día de ejercer esa libertad, no la tomes. Sigue de largo porque después lamentarás haberte creído esa patraña. Todo lo que rompas arréglalo, antes que lo descompuesto pase de la casa al interior de ti o de ella. Y por favor, no le grites aquel lunes, no la odies aquel jueves. No la empujes aquel domingo; por más que ella te insulte, no la empujes”. Seguí revisando más apuntes que deberían irse a la basura: “Hablar de tus intentos de suicidio sí me duele, pues digo ser un sujeto que asimila bien su tristeza, pero con ese asunto no; no puedo. Me derrotaste. Y aunque yo salí corriendo no pude escaparme. Me fui, te abandoné, pero te traje conmigo sin querer: fardo vivo de huesos y cabello”. Un lápiz me separó de esa mujer. Una vez, discutimos, nos gritamos y llegamos a los insultos. Yo estaba en el umbral de la puerta que da a la calle, a punto de largarme. Ella no podía ver con nitidez por culpa de la ira, tomó el objeto que tenía más cerca, un lápiz sobre la mesa próxima, y apuñaló su brazo izquierdo como si fuera a mí a quien matara. Recuerdo que mi enojo se disolvió en seguida. Ella se dio cuenta de lo que acababa de hacer y se calmó también, para luego soltar el lápiz al tiempo que yo la sujetaba suavemente; al ver pequeños brotes de sangre, se dejó conducir hasta el lavabo del baño. La regañé sin ganas cuando el agua caía sobre los puntos sangrantes de su brazo; me acuerdo de que además le quité pedazos de grafito que tenía enterrados. Me sentí como un padre curando a su niñita herida, que llora bajito mientras le lavan las heridas. Ella dijo que le dolía, pero yo mantuve su brazo bajo el chorro del agua y le recriminé tiernamente que debía aguantarse. Le puse un par de curitas como si con eso se remediaran todos nuestros problemas y fue todo, nos fuimos a dormir. Pero ese día, claramente, vi alzarse una barrera enorme entre nosotros, un muro alto que jamás fue derribado. Con el paso del tiempo, después de tanto grito y tanto enojo, nos fuimos separando. Un pinche lápiz, qué daño podía hacer.

*El texto forma parte del libro: Cada quien se queda con su golpe, editado por Dubius, Pachuca, 2019.

** Nació en Tepeapulco en 1983. Es autor de los librosLa batalla de las luciérnagas (2008) y Las furias (2015). Ha trabajado como reportero y editor en diferentes medios hidalguenses; además, imparte talleres de creación literaria.

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