Soltar los demonios de nuestra pluma siempre atiende a principios éticos, morales y de posicionamientos ideológicos asociados a nuestra realidad inmediata. Con ese antecedente se esbozan algunas líneas que destacan la importancia de atender un problema social que involucra a niños y niñas que carecen de un hogar en México y que aguardan pacientemente para ser adoptados, derecho que a veces parece cancelado porque pesa más la burocracia institucional y la falta de una cultura ciudadana en ese tema.
Resulta alarmante saber cuán distante está la palabra adopción en el lenguaje de los mexicanos, el término adoptar está lleno de tabús y los costos son deprimentes; hasta 2015 las cifras institucionales reportaban que había más de 30 mil menores residentes en casas hogar, orfanatorios y casas cuna. Los mexicanos no queremos adoptar, no sabemos cómo hacerlo o los trámites administrativos son sumamente tediosos.
La cultura parece traicionarnos, existe resistencia a cambiar la vieja idea de que solo “los hijos propios” perpetuarán nuestra sangre, nuestro apellido y nuestra historia, porque erróneamente se cree que sin hijos biológicos algo de nosotros muere. Una verdadera estupidez.
Asociado a una falta de cultura de la adopción, se sortean procesos administrativos engorrosos y de una institucionalidad deficiente, que antepone la carga burocrática sobre el derecho fundamental de los menores. Existen muchas historias de quienes intentaron la adopción y el proceso no concluyó, porque la responsabilidad recayó mayormente en una institucionalidad poco eficiente. Sin embargo, la sociedad en su conjunto también comparte esa cuota de responsabilidad, porque se preocupa más por otros temas que por el destino de miles de niños que aguardan en cuatro paredes esperando su turno para decir papá o mamá. Nunca hemos visto protestas que encabecen las voces de esos niños sin hogar propio, voces que seguirán en el anonimato si no cambiamos nuestras percepciones.
De acuerdo con diversas fuentes institucionales, en México ha disminuido 66 por ciento la solicitud de adopciones en los últimos años, 81 por ciento de los mexicanos no conoce a alguien que haya adoptado un menor y 90 por ciento desconoce los trámites de adopción. Esas cifras muestran una realidad que debe ser atendida de manera inmediata.

Pese a todo, digamos sí a la adopción

Sirvan estas líneas para asomarnos a las miles de historias de esos pequeños que aguardan en las casas hogar. Abandonemos el miedo y digamos sí a la adopción, porque los menores tienen derecho a un hogar y a una vida digna. Adoptar sin lugar a dudas es un acto de alto valor ético y moral, pero sobre todo es un acto de profundo amor a la vida.
Los menores no aparecen, ni parecerán en los discursos de políticos, ni serán tema de la agenda pública prioritaria; sin embargo, la sociedad a la que aspiramos deberá de fortalecer las instituciones encargadas de vincular a esos niños con miles de familias que están dispuestas a darles cobijo, educación y esperanza.
Adoptar debe de ser tan natural como comer, dormir o soñar, porque como diría Ángeles Mastretta: “La sangre que heredamos no es nada más que laque traemos al llegar al mundo, la sangre que heredamos está hecha de las cosas que comimos de niño, de las palabras que nos cantaron en la cuna, de los brazos que nos cuidaron, la ropa que nos cobijó y las tormentas que otros remontaron para darnos vida. Pero sobre todo, la sangre se nos teje con las historias y los sueños de quienes nos crece…”

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