K escribió “tanto es cuanto” y se preguntó, no sin algo de ansiedad nacida de la inquietud de la ausencia de M, qué sentido tenía; aunque su misma existencia y repetición le dieran un halo de categoría impune que goza del privilegio del uso. Esto le fue suficiente en cierto sentido no muy preciso, aunque no justificó el haberla escrito.
Repetía esas tres palabras como por ensalmo y pensaba que las mismas hacían referencia a su historia con M. ¿En qué sentido lo hacían?, se preguntaba. “Pues bien, puedo decir que lo hacen en el sentido del pez fuera del agua, es decir, el cuanto ejerce de dimensión absoluta que abarca al tanto desde afuera, mientras éste contiene a aquella desde dentro; siendo, de esta forma, ambos contenedores del otro más que de sí mismos.
“Lo anterior es lo que define mi relación con M. Ambos ejercemos de contenedor del otro, por lo cual nos imposibilitamos mutuamente el ejercicio de la libertad, que sería una huida que nos alejara de la monotonía en que se ha convertido nuestra relación.
“Al ser contenedores recíprocos, el alejarse supondría desbordarnos por resquebrajaduras del ser que resultarían insoportables. En esa circunstancia es mejor permanecer circunscritos en un estado permanente de monotonía que huir a algún lado del yo propio.
“Dado lo dicho, la transferencia hacia una nueva identidad diferente a la anterior es literalmente imposible e indeseable. Hay, pues, que trazar la ruta de modo tal que ésta no tenga más que un solo camino y destino. Sin pierde, entonces, pero tampoco sin la más mínima libertad.”
Mientras K llenaba de aquellas palabras la pantalla del ordenador, M se quejaba amargamente por no haber tenido la valentía de decir lo que pensaba y hacer lo que sentía. Ignoraba que su decisión y acción no dependían de ella sino de un contexto que actuaba en contra de su libre albedrío. Contexto negativo, ciertamente, pero con el que se había acostumbrado a vivir.
No eran muy distintos el pensar y sentir de K, aunque habían en su caso matices que los hacían diferentes al de su mujer. Estaba el hecho de que temía a la soledad más que a nada en el mundo y que el amor lo definía a plenitud.
Entonces, “tanto era cuanto” para M pero sobre todo para K, quien pese a las apariencias exteriores tenía una dependencia mayor al arraigo que su mujer, quien podía andar sola por la calle y abstraerse en una libertad recién adquirida, por momentánea que ésta fuera o por efímera que acabara resultando. Esa circunstancia la alejaba en algo de la ecuación del “tanto es cuanto” y le abría nuevos horizontes inexplorados en los que todo resultaba distinto.
Llegados a este punto es preciso aclarar que la divisoria que se había dado a resultas del ligero movimiento hacia lo inesperado de M, había resquebrajado su unidad con K. Y aunque de momento era suficiente su reconciliación y ésta podía durar, también era evidente que la solidez de su vida conjunta había sufrido un duro golpe y que el “tanto no era ya el cuanto de instantes antes”, es decir, los contenedores se habían roto dando lugar a un derrame de los seres encarnados en M y K.
Luego fue extraño, al amanecer ambos despertaron a la vez y se miraron. Al unísono dijeron: “tanto es cuanto” y se rieron con ganas. La alondra revoloteaba dichosa en sus corazones apaciguados por un sueño benévolo. Había nevado por la noche. Sus ojos se llenaron de blanco y frío, sus manos revolotearon en el aire por un instante acompañando a la risa. Lágrimas de felicidad surcaron por sus rostros alegres.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.