El nombre de esta organización, que surgió a propuesta de unos de sus participantes Sam Adams, inició su protesta, en 1773, el Motín del Té de Boston, en la que los colonos abordaron los barcos para arrojar al mar el cargamento de té que llevaban, inconformes por la aprobación de impuestos que gravaban ese cargamento por el parlamento británico, en donde no tenían ninguna representación. Decenas de años después, en 2009, un inesperado arrebato protagonizado por Rick Santelli, colaborador de la red de noticias de negocios CNBC, ocasionó el despertar de la ira contra el gobierno de Barack Obama. El propósito era liquidar la capacidad de llevar a cabo el “cambio en el que puedes creer”, como prometió en su campaña. Hasta ese momento ningún presidente había tenido que afrontar la guerra que se libró contra él casi desde que asumió el cargo. Un pequeño grupo de personas con una gran cantidad de recursos orquestó, manipuló y explotó el malestar económico en beneficio propio. Utilizaron donaciones deducibles de impuestos para financiar un movimiento que promoviera recortes fiscales para los ricos y la disminución de las regulaciones para sus propias compañías. Con la llamada “invectiva” Santelli, renace el Tea Party. La paradoja del Motín del Té de Boston es que esta fue una protesta contra un Parlamento, no elegido por los colonos, que había incrementado los impuestos, mientras que Obama era un líder elegido que acababa de reducirlos, el Obamacare, era un claro ejemplo.

Para Vanessa Williamson y Theda Skocpol, politólogas de Harvard, el movimiento del Tea Party fue una “rebelión de masas […] financiada por empresarios multimillonarios, como los hermanos Koch, dirigida por los viejos capos del Partido Republicano como Dick Armey, y promovida sin cesar por celebridades millonarias de los medios de comunicación como Glenn Beck y Sean Hannity”. El Tea Party, es, según Mark Lilla “una nueva variedad del populismo que hace metástasis ante nuestros ojos”. Ese populismo que abandonaba, por ejemplo, a los enfermos a su suerte; partiendo de ese principio, el Tea Party afirmaba, que de aprobarse el programa de Obamacare, el gobierno “acabaría con los negocios, dañaría a los pacientes y conduciría a la toma del poder del más grande gobierno socialista”. El bombardeo de publicidad contra el plan de salud de Obama fue impulsada con millones de dólares de empresarios “anónimos” De manera que cuando el Washington Post dio a conocer la sorprendente campaña, no pudo rastrear el dinero hasta su verdadero origen.

Para la elección del 3 de noviembre de este año, el Tea Party estará ahí, participando, tratando de secuestrar la democracia para sus propios fines. Apoyando a demagogos como Donald Trump y sus varias expresiones en América Latina (de derecha o izquierda), son enemigos de la democracia liberal. Niegan la diversidad, corroen el pluralismo, deslegitiman la representación democrática y asumen el monopolio de una razón histórica. Los populistas hablan en nombre de un pueblo infalible. El populismo revive la pasión y el conflicto, la censura y los “críticos indeseables”. Reivindica su monopolio moral. Los conservadores, los adversarios son los enemigos del pueblo que no están equivocados, están podridos.

Donald Trump es un peligro para el mundo, su probable triunfo sería una tragedia para la democracia liberal, de ganar, su agenda para México continuará siendo de agresiones, insultos, racismo, amenazas, sometimiento, desprecio, seguiremos siendo no solo su patio trasero, sino su basurero. La respuesta nacional pudiera contener, al menos, tres vertientes: Que las élites económicas asumieran su responsabilidad de renunciar a una parte de sus ganancias y privilegios, o sea, favorecer una mayor y mejor (re) distribución del ingreso. Esta decisión ayudaría a lograr un país menos convulsionado por la pobreza y la desigualdad. Consolidar instituciones que vayan más allá de los caprichos, la voluntad y/o intereses del dirigente en turno. Es imperativo fortalecer organismos como el Instituto Nacional Electoral; el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales; la Comisión Nacional de Derechos Humanos y, por supuesto distintas ONG’s como: México Evalúa; México, ¿cómo vamos?, y varias más. Transitar de un sistema clientelar, corporativo, de dádivas, a otro de provisión de ciertos servicios públicos, de normas y leyes, de legalidad, transparencia y rendición de cuentas. México no puede apostar por Trump, un elefante en la sala; también es cierto, estamos muy lejos del camino a Dinamarca.

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