Las relaciones dentro de la familia han sido, son y seguramente seguirán siendo motivo de conflicto, de reflexión, de angustias, pero también de satisfacción, de crecimiento y de apoyo para todos los seres humanos. Todo eso mezclado de diversas formas que no son nada fáciles de analizar, ni aún por especialistas en el estudio del comportamiento humano.
La presencia de los conflictos entre los miembros de una familia han dado pie a manifestaciones artísticas, que de una forma u otra tratan de plantear, entre quienes las realizan y después entre quienes las observan, una interpretación de las pasiones que se presentan en la vida o en la mente del creador de dicha obra.
La literatura, el teatro o el cine, principalmente, han sido las actividades artísticas donde se han manifestado las pasiones humanas ligadas a las relaciones dentro de la familia.
En nuestra ciudad capital, Pachuca, pocas veces tenemos la oportunidad de asistir a espectáculos o actividades culturales que nos ubiquen en la posibilidad de reflexionar profundamente sobre situaciones como las mencionadas, a través de una obra de calidad. Las ha habido y de buen nivel profesional, pero hay veces que por su poca difusión o por los elevados costos de la entrada, no hemos podido asistir. En otras ocasiones las obras de teatro presentadas han caído en la típica vulgaridad invocadora del morbo, que desde el título, ya nos exhorta a buscar otras alternativas.
En la anterior semana, nos enteramos de dos ciclos de obras de teatro a presentarse en varios escenarios de la ciudad. En uno de ellos, denominado Muestra Estatal de Teatro que presenta el trabajo de grupos locales, el lunes, en primer lugar, se presentó una obra llamada Gallos dirigida por el joven Daniel Rivera Rubio, donde se aborda el muy complicado tema de la relación padre-hijo, teniendo como temática el caso de un padre típicamente machista, quien impone toda la gama de contradictorias situaciones a su homónimo hijo. Trabajada en una escueta escenografía, donde tres personajes masculinos, el padre, el hijo y el espíritu chocarrero mediador y provocador, desarrollan a lo largo de la obra un fuerte monólogo cada uno, con breves intercambios de ideas entre ellos, que le imprimen giros inusitados a la manera en cómo se han venido relacionando padre e hijo.
De una dinámica relativamente pausada en el inicio, poco a poco la obra se va internando por los vericuetos más complejos y tal vez inesperados de dicha relación, donde el espíritu mediador (casi como un chamán) jalonea a cada uno de los otros dos personajes, como para orillarlos a definirse con mayor claridad, hasta hacerlos pasar a través de actos de odio y amor que van desde la lujuria desbocada entre ellos hasta la agresión física y verbal más extrema, que desemboca en el asesinato y el suicidio, perpetrados ambos por el padre.
La obra es muy dura, muy estrujante, nos remite personalmente a sucesos que hemos conocido como hijos, como padres y/o como orientadores despistados (o chamanes) cuando se nos ha pedido nuestra opinión o cuando hemos metido nuestra cuchara en conflictos ajenos. Nos hace cuestionarnos muy severamente ese machismo implícito en buena parte de nuestra educación, de nuestra cultura y de nuestro actuar cotidiano.
No se hacen concesiones a ninguno de los personajes, especialmente al padre, quien en su contradictoria actitud de protector-manipulador de la conducta de su hijo, lo lleva desde imponerle valores bien arraigados hasta revelar toda la gama de sus miedos y carencias disfrazadas de una dureza de carácter, que lo llevan hasta la destrucción de ambos.
Obras como esta nos orillan a una reflexión profunda. Felicitaciones al director, a los actores y al público que llenó la sala.

[email protected]

Comentarios