Entre el teatro pobre y el teatro pobrecito

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baldomero

La semana pasada les prometí un chisme o mejor dicho un episodio relevante en el trabajo de Jerzy Groyowski sobre El príncipe constante, escrito por Calderón de la Barca, estrenada en 1965.
Para todos aquellos que creen que hacer una obra es aprenderse un texto en dos semanas y recitarlo frente al público para realizar movimientos torpes con la intención de imitar a los artistoides malos que acostumbran ver en sus nocivos programas de televisión, sepan que Jerzi trabajó durante dos años el proceso de montaje que le daría el reconocimiento internacional (El príncipe constante). Grotowski trabajó a solas, en las madrugadas con Ryszard Cieslak alrededor de ocho meses. Las otras horas del día, el director las usaba para trabajar con el resto de grupo, todo eso con el objetivo de que Cieslak pudiera profundizar íntimamente con sus descubrimientos humanos, sus estímulos y sus acciones. Cuando estuvo listo se incorporó al resto de grupo y juntos fueron imparables. La obra fue innovadora desde el principio, por un lado aplicaba su “vía negativa”, economizaba su producción (no me refiero a dineros) y por otro descubría a su actor santo. De esa forma realizó lo inimaginable, la suma precisión física, emocional y energética de sus actores en escena.
Su espacio estaba compuesto por un rectángulo que cercaba a los actores, mientras que el público adquiría el carácter de voyeristas al ver la obra, puesto que tenían que observar desde arriba de la cerca de madera.
Durante sus primeras funciones, la Universidad de Polonia realiza una grabación del sonido de la obra, al paso del tiempo la obra sale de Polonia y llega a Italia donde un público se toma la libertad de introducir una cámara y realizar una grabación sin sonido.
El destino hizo su trabajo, tiempo después las personas que tenían ambas grabaciones, se conocieron, hablaron y decidieron juntarlas, el resultado fue insólito. La coincidencia entre la acción, la palabra y la respiración es incuestionable.
Esta grabación corrió por el mundo como un chisme que probaba la autenticidad y eficacia de la técnica grotowskiana que desde entonces todos han querido aplicar sin éxito. La razón es muy simple, “la vía negativa” desarrollada por este embriagado genio era auténtica y coherente. Él al haber estudiado religiosamente a Stanislavski y a Meyerhold, decidió olvidarse de esas técnicas puesto que lo obligaban a realizar una serie de repeticiones conceptuales y estéticas. Su apuesta fue adentrarse a una serie de viajes de descubrimientos humanos, eliminando aquello innecesario para la escena, para el actor y para el hombre.
A partir de ese momento el trabajo teatral adquiere otra dimensión, no es solo para entretener, no es solo para reflexionar, el gran objetivo es el crecimiento y el desarrollo humano. Por supuesto que esta idea está más que manoseada, me gustaría decir que ha sido rebasada y todos los artistas trabajan intensamente en este objetivo. Pero no. La verdad es que no. Lo dicen, lo ponen en sus currículums, se aprenden la frase y la dicen en todas partes, pero si lo aplicaran tal vez el mundo sería distinto.
Lo pobrecito del teatro actualmente es que no se ha entendido Grotowski, imitan sus espacios, sus vestuarios, confunden los ejercicios y los aplican como recetas de cocina por que no han entendido que el germen del “teatro pobre” es la “vía negativa”, y la “vía negativa” implica la resta, la eliminación, la desnudez y la soledad. Y solo la genialidad y la inteligencia lo permiten.

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