Vuelvo a estar de un úpsale y muy señor mío, o sea que estoy atacadito de los nervios y necesitado de valemadrina. Lo peor es que no tengo modo de escaparme a alguna isla desierta y olvidarme de mis cuitas. ¡Ay, queda tanto para las vacaciones!
Qué le vamos hacer, tendré que aguantarme, o mejor dicho, aguantarlos. De eso trata el asunto que me trae a mal traer. Imagino que a muchos de ustedes les estará pasando lo mismo.

El caso es que día sí y día también, sin importar la hora, suena el malhadado teléfono y me precipito en pos de él ciegamente, tropezándome por los rincones y con cara de poseído.

La verdad es que no vale la pena tanto esfuerzo: luego me duele todo el cuerpo como si me hubiese dado un espasmo artrítico. Lo digo porque mis urgencias no debieron ser tales. No era para tanto. La precipitación salía sobrando. Y es que para el desencanto me pinto solo. Será porque soy demasiado terco y olvidadizo.

Del otro lado suena un silencio premonitorio que dura alrededor de cinco segundos. Es un mal augurio que conozco en demasía, ya me he vuelto experto en él. Después una voz mecánica de humano repite mi nombre, que suena como un eco sumergido en el océano.

“¿Es usted fulanito?” pregunta el mengano a bocajarro. “Claro, no seré zutanito”, contesto. El otro, entrenado como está en la molestia perenne a los interlocutores, no se amedrenta y continúa como si tal cosa. Está preparado para zaherir y lo hace sin contemplaciones.

“Mire”, pone voz de grandiosidad, a un tris de operística. Continúa diciendo algo parecido a esto: “Es usted tan afortunado que merece ser gratificado”. “Será porqué soy excelso”, pienso.

“Afortunado, sí”. Ahí el énfasis es tan extremo que se me salen las lágrimas del gusto que me da ser tan afortunado, aunque me surge la duda de en qué consistirá mi fortuna. Pronto salgo de dudas y me siento tan desengañado que las lágrimas se me secan de golpe.

“Pues bien”, continúa el interfecto. “Pues bien”, le digo, ha sido usted elegido… Soy un elegido, ¡qué maravilla! “Ha sido usted elegido para obtener un crédito de tal o cual tipo…”
Entonces, se me cae a trozos la cara de alegría y se me pone la del susto. Esa que si me viera Rocío se espantaría de a de veras. Por suerte, ella no está presente y puede ahorrarse tan dantesca imagen.

Opto por colgar y quedarme con los rumores de mi alma atribulada y mis articulaciones doliendo como condenadas. Todo ello gentileza del banco tal o cual que cada día me martiriza con sus llamadas telefónicas.

Así como decía Gustavo Adolfo Bécquer sobre la vuelta de las golondrinas “¡Qué lata daban con ellas en mi escuela!”, así de seguro volverán los teleoperadores bancarios a comunicarse conmigo a cualquier hora. Ya me duele todo solo de pensarlo. ¡Qué le vamos hacer!

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