En la página 650 de la edición de noviembre de 1968 de la revista Nature apareció la palabra coronavirus. Seis párrafos. El texto, oscurecido por tanta tipografía y sin imágenes, empieza: “Un nuevo grupo de virus con el nombre de coronavirus ha sido reconocido por un grupo informal de virólogos que ha enviado su conclusión a Nature. El grupo señala que con tinción negativa, el virus aviar de la bronquitis infecciosa tiene un electrón característico de aspecto microscópico parecido, pero distinto al de los mixovirus”.

Más adelante agrega que su apariencia, “que recuerda la corona solar, es compartida por el virus de la hepatitis del ratón y varios virus recientemente recuperados del hombre, a saber, cepa B814, 229E y varios otros”.

Apenas en marzo pasado, un profesor asistente de medicina de la Universidad de California dijo a la BBC que “hay innumerables tipos de coronavirus en murciélagos y pájaros”. Joel Wertheim agregó que no todos infectan a los humanos “y muchos solo producen un tipo común de resfriado”. En su estudio de 2013 (“Un caso para el origen antiguo de los coronavirus”, Journal of Virology), dice que el ancestro común más reciente de estos virus tiene unos 10 mil años, pero es probable que las primeras versiones de coronavirus hayan existido millones de años atrás. “Probablemente han estado en contacto desde que existen los pájaros y los murciélagos y tal vez sean más viejos que ellos”, dijo.

Hay siete tipos de coronavirus conocidos que pueden infectarnos. Son los HCovs. De estos, cuatro causan resfriado común: HCoV-229E, HCoV NL63, HCoV-HKU1, y HCoV-OC43. Y hay tres que nos quitan el sueño: SARS-CoV (2002-2003), MERS-CoV (2012-actualidad) y SARS-CoV-2 2019; este último provocó la actual pandemia.

Millones vivimos afligidos por este último bicho desgraciado. Su sola existencia nos es suficiente para mantenernos temblando: es porque contamos infectados, ventiladores, hospitales y, claro, contamos muertos en tiempo real. Estamos muy informados. Tenemos datos frescos y a la mano y eso nos hace mantener la tensión. Entendemos que alguien en otra parte del planeta podría estar comiéndose en este momento un murciélago y eso no nos quita el sueño. Muchos males aquejan al humano, y ya. Es este virus, no los que vienen o los que se fueron, el que nos alucina. Mata, y lo sabemos.

Me pregunto por qué otros grandes males no nos envuelven igual, no nos atrapan igual, no nos encierran en el miedo de la misma manera. Me pregunto por qué la corrupción, que sí es el gran mal de México y que mata más que cualquier virus, no nos tiene contando los muertos y los enfermos. Nos llena de rabia que si el presidente no se pone mascarilla, que si la apuesta de Hugo López-Gatell, que si la irresponsabilidad de los vecinos con sus fiestas-Covid. Pero no nos levantamos (ni siquiera temprano) por el saqueo permanente de una nación y por los sobornos, que matan más y tienen efectos secundarios cuantificables y lo mejor aún: tienen rostro y apellido.

Politólogos, sociólogos, psicólogos, comunicólogos y hasta alergólogos tendrán sus teorías para el por qué no nos produce el mismo efecto el coronavirus que el expandido virus de la corrupción; por qué no vivimos indignados y con el Jesús en la boca. Quizás ganamos inmunidad de rebaño. Los dichos son por algo: creo que es un “ojos que no ven corazón que no siente”.

*** No, no minimizo la pandemia. Yo menos que nadie. Son muchísimos muertos y muchísimas desgracias y estamos encima de muchos países con nuestros numerotes y es por distintos factores, muchos atribuibles a este gobierno. Pero me llama la atención el activismo reciente de mis conocidos y amigos. Hay una especie de furor por difundir al máximo los errores (los hay, y muchos) en el manejo de la pandemia. Un furor que no conocía. Un fervor que desconocía.

Recuerdo, y allí pocos me pueden decir que no sé, cuando casi en solitario un puñado de buenos reporteros y editores difundimos con un furor similar los muertos por la comida chatarra y los refrescos; los daños causados a este país por la corrupción de las autoridades sanitarias que llevaron la obesidad a niveles de epidemia. Millones de obesos, millones de diabéticos, cientos de miles de muertos. Pero no me llegaban tantos mensajes por Whatsapp; no me llegaban tantas cadenas de correos diciendo: “¡güey, ya viste, Mikel Arreola está frenando el nuevo etiquetado frontal!” o “¡güey, ya viste, los diputados del PRI y del PAN echaron para atrás el impuesto al refresco!” Y allí sí había muertos a carretadas; los hay todavía. Y allí sí, nuestros numerotes escalaron a niveles de vergüenza. Pero no me llegaban tantos correos, tantos mensajes como ahora, con el coronavirus.

Me pregunto por qué los grandes males no nos envuelven de igual manera; no nos atrapan igual. Tenemos que hablar. Quizás no me han explicado por qué ahora estamos tan alarmados (yo mismo lo estoy) con el coronavirus pero no estábamos tan alarmados cuando Coca Cola se robaba el agua de San Cristóbal de las Casas para darle de beber Coca Cola a los dueños del agua en San Cristóbal de las Casas, mayoritariamente indígenas. Grandes reportajes publicados en su momento, y nada: un retuit por allí, casi siempre de los mismos; un comentario mínimo de los mismos. Por qué, quiero saber. Tenemos que hablar, me tienen que explicar.

Me molesta mucho cuando alguien cree que me atora con un “callabas como momia” o con un “dónde estabas cuando…”, frases puestas de moda por López Obrador. Me molestan porque yo nunca estuve en coma, en un hospital, intubado (RAEconsultas: Si se refiere al término médico, existen ambas variantes, que son correctas) e inconsciente. Estaba allí, despierto. Allí están mis textos y más bien dónde estaban ellos cuando escribí kilómetros sobre corrupción. Y saco esto porque mi texto parece un “dónde estabas cuando…” y no lo es. Es un simple reflejo. Un “tenemos que hablar” porque tenemos que hablar: sí, pinche coronavirus; sí, pinche pandemia. Pero la corrupción, que genera desigualdad y es la madre de todos los males del mexicano (desde los problemas de salud hasta los de inseguridad y de pobreza) estaban allí antes y no andaban tan activos.

Tenemos que hablar de coronavirus, pero también, cuando se les pase la euforia, tenemos que hablar de corrupción. Quizás sí adquirimos inmunidad de rebaño; quizás ya estamos “curados de espanto” pero tenemos que hablar de corrupción, de todas maneras. Porque mañana quizás venga la vacuna para el SARS-CoV-2, pero para la corrupción nunca habrá vacuna. Y quizás hablando de ella tanto como hablamos de la pandemia nos pueda salvar. No sé. Supongo. Pero lo tenemos que hablar. Son cientos de miles de muertos los que provoca. Está en todas partes. Nos pega en la bolsa y le pega a la nación como un todo.

Tengo la esperanza de que, cuando pase la queja de moda, nos sentemos a hablar. Y hablemos largo y tendido de la corrupción, y hagamos algo. Tenemos que hablar de cómo una poderosísima industria chatarrera nos puso en esta condición de vulnerabilidad; de cómo se acabó el petróleo y nunca me llegó un cheque con algo de efectivo; de cómo miles de cerdos se revolcaron con nuestros diamantes y ahora no nos queda uno solo. Tenemos que hablar. Sí. Propongo, si les parece, que sea después de que salga la vacuna y se les acabe el furor de denunciar tantos muertos y tantos enfermos. La corrupción también mata, y en números infinitamente mayores. Y ha matado por décadas. Y ha enriquecido a un puñado y maltratado a millones. Tenemos que hablar.

En la página 650 de la edición de noviembre de 1968 de la revista Nature apareció la palabra coronavirus. Seis párrafos. Era la primera vez que se le identificaba aunque el bicho tenía millones de años. Yo tenía ocho meses de nacido. Me lo vine a encontrar 50 años después.

Pero la corrupción me ha acompañado toda la vida. De veras, tenemos que hablar.

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