Ahí, ahí llegaban los hombres, mujeres y niños del mineral de la vieja villa de Pachuca al jardín histórico, a la plaza con el gigante y artístico Reloj monumento de las centenarias celebraciones, engalanada con frondosos fresnos, pinos y uno que otro viejo de agua-ahuehuete que regalaban a todos fresca y confortable sombra al reposo en preciosas bancas de metal. Mineros de todas las quehaceres, labradores de las diferentes tierras aledañas a la cañada de El Tulipán, comerciantes del reciente florecimiento del argento, maestros y burócratas del más próspero de los cuatro reales mineros, amas de casa con sus muchas ocupaciones, estudiantes de la instrucción elemental hasta los dedicados y entrones del Instituto Científico y Literario, visitantes pocos, nada más los despistados que venían a “ver la hora al centro de Pachuca”. Además, por años se ha visto en esa plaza jardín diversos grupos incluso con reclamo social en el artístico Reloj monumento; en “el centro” (1910) con su histórica plaza de Las Diligencias.
“Tomar el escenario” de uno de los al menos cinco quioscos que han existido desde finales del siglo XIX, con algunas ausencias, hasta el actual artístico y ¡ya histórico!, tan ninguneado, incomprendido e indefenso expuesto a ocurrencias de ignorantes, del que el “bromista del estado” llegó a motejar “quiosco de la discordia” lugar, escenario que juntamente con la plaza histórica han sido epicentro de todo tipo de inconformidades, manifestaciones, eventos y encuentros del mineral de Pachuca de toda la población, paso de exequias fúnebres, inconformidades políticas, sumas públicas, reclamos a autoridades por las muchas carencias y falta a sus promesas, sitio espectacular y buscado para actuaciones artísticas, festejos de triunfos partidistas, celebraciones de campeonatos futboleros y, sobre todo, como se ha repetido, sirven de medición de la incapacidad, corrupción e ineptitud de las autoridades.
Ella recordó por así haberlo vivido en los primeros años del siglo XX, durante el mal recordado porfiriato, que el “ilustre maestro Justo Sierra, ministro de Instrucción y Bellas Artes”, igualmente estuvo empeñadísimo en demoler, destruir, echar abajo la maravillosa joya única del Templo de la Enseñanza de Nuestra Señora del Pilar, auspiciado por Ignacia de Azlor y Echevers en el siglo XVIII, 1778, en calle Donceles 102, que “porque rivalizaba con sus ideas” asegún sus piensos quesque para construir una modernísima sala de jurados o “ilustrísimo salón de juntas de los académicos especialistas e ilustrados de la época” 1910. Afortunadamente lo impidió la inteligente opinión pública, ese tullido atentado, semejante barbaridad frustrada, al no ejecutarse encolerizó en grado sumo al “preclaro maestro”, quien clausuró por muchos años ese divino templo de la enseñanza.
Esa es una sobreviviente obra histórica importante de la Ciudad de México, su perfección, su calidad artística en la fachada de estilo conocido por verdaderos especialistas como ultra barroco, esculpida rica y elegantemente en piedra en tres cuerpos mostrando a la Santísima Trinidad, San José con el niño Jesús, luciendo la magnífica portada, a los lados cuatro esculturas de santos enmarcados hermosamente con pares de columnas ricamente ornamentadas. En el maravilloso interior resalta el altar a la virgen de El Pilar al centro, en medio de uno de los más adorables retablos labrados en madera, cubiertos de lámina o pan de oro del cargado churrigueresco, con misterioso sotocoro de espléndido enrejado de fragua para resguardo de las enclaustradas y anónimas monjas, impresionantes y primorosos óleos lucen en costados y cúpula.
Sentada la vieja atrabiliaria; bien biliosa, no terminaba de ilustrar a su recua de balandrones pelones sobre eso histórico y artístico, cuando resolló volteando los ojos casi en blanco mirando el artístico quiosco, pabellón, pérgola de cantera 1944-1961 de las músicas, recordaba con mucho sentimiento las mutilaciones hechas en la histórica plaza, dijo “las demoliciones no dejan ni una piedra, se borran, desaparecen las edificaciones, se arrancan desde la base de sus cimientos y después el tiempo los desaparece de la tradición, de la memoria, de la identidad del centro del mineral, pasando por ellos su avasalladora mano enterrándolos en el olvido hasta el sitio donde estuvieron fincados”, vienen otras personas, otros tiempos y únicamente conocen en viejas fotografías, en la voz de sus viejos, del recuerdo, de la historia y de la narración verdadera.
Continúan esas manos y sus sombras en estos tiempos pues en periódico del 30 de junio de 2015 Luis Corrales, “trabajador de gobierno”, dijo: “Aunque desde siempre han existido grupos que han criticado todo lo que hacen las autoridades, grupos que se creen dueños de la plaza Independencia y no lo son, hay grupos que abrogan la representación en cuanto a la opinión pública, la cual es muy variada”. Lleno de soberbia y descalificando cualquier opinión, sugerencia y negada la información pública que se pidió en su momento de obras en la plaza de todos, él dijo que “para opinar sobre este tipo de obras se requiere trabajo y estudio” casi al arrebato machacó: “Quiero saber quién tiene publicados libros y estudios sobre el Reloj y centro histórico de Pachuca, sí tengo derecho a opinar pues he estudiado y publicado libros reconocidos en el ámbito internacional”. Ella diría con toda su sabiduría y serena, respetando la razón del pueblo desde el iletrado hasta el verdadero letrado, “los ojos no ven lo que la cabeza no sabe”, más aún segados por el servilismo facilitador del atentado que buscaba la destrucción del quiosco, pabellón, pérgola Abundio Martínez.

Aunque desde siempre han existido grupos que han criticado todo lo que hacen las autoridades, grupos que se creen dueños de la plaza Independencia y no lo son, hay grupos que abrogan la representación en cuanto a la opinión pública, la cual es muy variada

Luis Corrales

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