El miércoles 18 de julio, por la tarde, falleció José Luis Gálvez Cruz, exfuncionario del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en Hidalgo, profundamente estimado tanto por su capacidad profesional como por un indudable y generoso don de gentes.

Una afección cardiaca le cortó la vida. Esfuerzos de médicos, tanto de Pachuca como de la Ciudad de México resultaron lamentablemente inútiles.

Originario de Tepatepec, cabecera del municipio de Francisco I Madero, le sobreviven su esposa Teresa Martínez, ameritada maestra, así como sus hijos Mirta y José Luis, ingenieros; y Jonathan y Oliver, además de parientes y, sin exageración, multitud de vecinos para quienes por años fue figura afectuosa y reconocida.

El velorio se llevó a cabo un día después, el jueves, y más adelante, el viernes, recibió cristiana sepultura.

En su féretro se colocó una imagen en color de quien fuera maestro, alguna vez en El Mexe, y tenaz estudiante en derecho.

La gráfica era representativa de su bonhomía y calidez, como siempre con natural sonrisa.
Gálvez Cruz se desempeñó, a lo largo de una larga estadía en el Seguro Social, como titular del departamento de orientación y quejas.

Sus funciones conllevaban contacto con pensionados, representantes de empresas y sindicatos, al igual que con derechohabientes, quienes no pocas veces solicitaban su intervención.

Aglutinó en su entorno a un sólido equipo de trabajo: Juanita Solís, Carlos Alberto Rodríguez Arriaga, Guadalupe Larios, Patricia Mota y Juan Ávila, entre otros.

Sus formas de actuar internas eran naturales: conciliatorio, y evitar roces. Sabía escuchar y buscaba por todos los medios resolver controversias.

En el desempeño de sus labores tuvo contacto con diversos delegados, entre otros, Jacob Prado Calderón, quien fungió en ese carácter alrededor de ocho años; seguirían Florentino Castro López, hoy director general del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE); Roberto Sánchez Nájera, Gilberto Ortiz Horta, Roberto López Arana, César Vieyra y Mario Viornery Mendoza.

A su salida del instituto, se desempeñó, muy cercano, en calidad de colaborador de primer nivel del profesor Joel González Gómez, alcalde de Tepatepec, erigido como municipio el 6 de mayo de 1927 y, hasta 2015, información oficial, con 37 localidades activas.

Era frecuente que el licenciado, actuando además como vocero oficial, transmitiera informaciones del ayuntamiento, y si había algún acontecimiento un tanto ríspido, también lo abordaba, sin pretender ocultarlo.

Emprendió acciones particulares y, por algún tiempo, promovió actividades musicales con novedoso equipo de sonido.

En algunos tiempos, Gálvez Cruz fue incansable viajero.

Contaba de sus experiencias, entusiasta, feliz, por lo que fue identificado como el Meteoro de Tepatepec, por la velocidad y frecuencia de sus desplazamientos.

Nunca mostró señales de fatiga ni molestias personales por sus cometidos.

Defendía las bondades del IMSS y si por ahí saltaba alguna inconformidad por supuestas malas atenciones, con paciencia, buscaba y encontraba formas de enmendarlas.

Era proverbial su respeto por médicos y enfermeras, y no solo estos, sino que aludía a quienes, en otros departamentos, como guarderías y los netamente administrativos-jurídicos, laboraban con apego y amor al instituto.

Otra de sus habilidades era la oratoria.

José Luis Gálvez no era de expresiones retóricas, sino que tenía la facilidad de adecuarse a diversos escenarios.

Nunca mezcló las que llamaba “íntimas preferencias políticas” con su conducta laboral.

Algunas veces sí diseccionaba, en la confianza de amistades, la actualidad del país o del estado, aunque insistía: “Lo expreso con la misma libertad con que ustedes exponen sus opiniones”.

Gustaba del futbol. Celosamente, porque llegaron a ser años de buena fortuna; elogiaba virtudes de Cruz Azul, aunque consideraba: “Guardo respeto a los avances de los Tuzos del Pachuca”.

Todos los días emprendía su conocido recorrido: Tepatepec-La Bella Airosa, y viceversa, aún en aquellos días en que las carreteras no eran amplias y cuidadosamente diseñadas. En compromisos de sus funciones se registraba puntual y bien documentado.

De que si esos traslados cotidianos no le cansaban, llegó a manifestar: “Pues a lo mejor un buen día me traigo a la familia a Pachuca”.

Mas no lo intentó. Tepatepec, sus apetitosas gorditas, el calor de sus amigos prevalecían, como su gentileza, con su familia, al servir de anfitrión, en las que concluía el sincero deseo: “Feliz y cuidadoso regreso”.

Gálvez Cruz, tristísimo evocarlo, partió, pero pasarán semanas, meses y años y no será olvidado.

Hoy descansa en paz, en donde estaban sus raíces, sus afectos, y lo que le deparará el destino.

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