Sí, gracias

Alessandra Grácio / Actriz y escritora

Los actores hacen un círculo y la dinámica es muy sencilla: para cambiar de lugar, un integrante dice el nombre de otro, luego camina hacia el espacio ocupado por este que inmediatamente debe contestar “sí, gracias” para enseguida decir el nombre de alguien más y caminar hacia donde esa persona está y, así, mantener la fluidez del ejercicio.

En teoría, ese juego dramático cumple con las funciones de integración y calentamiento corporal y energético, ubicando la atención de los participantes en el momento presente –el “aquí y ahora”– cuya consciencia es fundamental como punto de partida para la creación escénica.

Sin embargo, al observar su ejecución, es inevitable captar dos cosas: la necesidad del otro y la generosidad como elementos que sostienen un flujo. Reconozco al otro, le digo por su nombre y este otro me regala un “sí”. Me pongo en su lugar y de pronto el otro soy yo, y lo que pareciera ser un simple juego, se vuelve una coreografía de lo que hemos estado perdiendo en vida: gentileza e inocencia.

Hemos aprendido a defendernos, a ponernos en guardia –y no es para menos, los tiempos son duros: violencia, hambre, corrupción– pero, ¿hasta qué punto es válido atribuir la extinción de la gentileza a los males de la vida moderna? La “sana distancia” como medida preventiva en tiempos de pandemia invita a pensar que ninguna escena –real o ficticia– tiene sentido si sus personajes no pueden darse. ¿Y qué es darse? En el tratado de Las pasiones del alma el filósofo francés René Descartes escribió: “Los que son generosos de este modo son naturalmente inclinados a hacer grandes cosas, y al mismo tiempo a no emprender nada de lo que no se sientan capaces”.

No se puede dar lo que no se tiene. ¿Y qué tenemos? ¿Miedo? ¿Esperanza? ¿Ganas de amar? ¿Buenos modales? ¿Rebeldía? ¿Arrogancia? ¿Todo a la vez? ¿Hasta qué punto nuestra vulnerabilidad nos “bendice” con lo que asumimos como permiso para ponernos cada vez menos en el lugar del otro?

El flujo de esa existencia parece cambiar de ruta pero no se detiene y la dinámica es muy sencilla: para “hacer grandes cosas” debo mirarte, saber tu nombre y generar en mí la intención de ponerme en tu lugar, a lo que tú dirás: “Sí, gracias”. La inocencia va implícita. En teoría parece fácil y no lo es, pero llegará el momento en que la idea de que el mundo nos debe gloria y dicha comenzará a perder su sentido. No hay adeudos, sino vida. La tuya y la mía. La del otro. ¿Quieres jugar?

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