La naturaleza no tiene piedad por nada ni por nadie. No somos los seres humanos lo más importante, solo una migaja en todo su universo. El problema somos nosotros, los hombres, que nos sentimos dueños del poder y de la gloria por tener plata o una posición privilegiada. ¡Falsa ilusión! Nada alcanza cuando la furia de un terremoto nos sacude, cuando el suelo se mueve de un lado para otro, cuando golpea como apisonando la tierra hasta derrumbar los edificios más altos, también los pequeños y se destroza en segundos y de un plumazo todo el orgullo que nos cabe adentro.

El aprendizaje jamás llega desprovisto de dolor. Duele la vida, duele el mundo con sus gemidos interminables. Y cuando la naturaleza nos hace añicos, la soberbia y el miedo nos atenaza, entonces nos sentimos como seres inofensivos que le pedimos piedad al Universo.

En el momento de la tragedia –pocas veces en algún otro– nos arrodillamos e imploramos perdón. Solo en la angustia más profunda, cuando la vida pierde todo sentido, surgen las necesidades del perdón o del suicidio, que no es una negación a la vida: es la búsqueda de otra vida que ya no duela.

Los hombres del poder miran su impotencia en lucha permanente con su orgullo. Pero ni así se doblan. Todo pasa al olvido y se quedan a la espera de que se repita la lección. Y con ellos todos nosotros.

Resultan impresionantes las consecuencias del terremoto del 19 de septiembre pasado, 32 años después de la devastación que dejó el que golpeó la Ciudad de México en 1985, nada comparable en dimensión con lo ocurrido el martes. Solo en el dolor y en la angustia de personas que se desgarran en la búsqueda de sus seres queridos y que hasta ahora no les ha sido posible encontrarlos.

Historias de vida que se quedaron atrapadas; planes, ilusiones, proyectos, viajes en puerta; personas que desayunaron con sus esposas (o esposos), con sus hijos, con sus padres y que jamás imaginaron que, pasadas las 13 horas, la risa se transformaría en dolor profundo, la tranquilidad pasaría al llanto, al desgarramiento, a la impotencia. Así es la vida. Y así es la muerte: estar y ya no estar. Un sueño profundo, como decía Ovidio.

Sin duda, la experiencia de 1985 está sacando a flote a la Ciudad de México. Es el aprendizaje que no se olvida y cuyos recursos afloran justamente cuando un detonador los activa. Es la sobrevivencia. Me imagino a las personas que aún están con vida entre escombros y a la espera de ser rescatados. Están sin comer desde el martes, quizá sin beber agua, pero sí con esperanza de vivir, porque cuando las fuerzas físicas flaquean entonces emergen las del alma, las del espíritu.

También me imagino a quienes lo perdieron todo, a las personas que salieron a trabajar muy temprano y ya no encontraron sus casas ni a sus seres queridos. Me imagino algo parecido a lo que ocurrió en la primera y segunda Guerra Mundial. Personas que de buenas a primeras vieron morir a sus familiares y algunos se dijeron para sus adentros: solo me tengo a mí mismo. Y a partir de esa realidad enfrentar la vida, empezar de nuevo, construir otra vez.

Tenerse a uno mismo no es poca cosa. Es lo más importante. Pero, ¿cómo enfrentar el dolor? No hay otro camino, solo sintiéndolo, aceptándolo. Es en esos momentos y no en otros cuando se siente realmente al mundo.

Ante la tragedia, las palabras muchas veces no son necesarias, pues solo el acompañamiento en silencio y el apoyo en necesidades básicas es lo que más se requiere.

Cuando nos ocurre una tragedia, el primer paso de la recuperación es aceptarla. Si la negamos, el dolor prevalece. El proceso, sin embargo, no es rápido. Ni se da por decreto, por decisión. Es toda una travesía. De ahí surge el aprendizaje, quizá un nuevo ser humano, más sensible ante el dolor de los otros.

El espíritu de ayuda de miles de personas que se volcaron al rescate de cuerpos y de personas con vida es lo más significativo en estas horas dolorosas. Repudio merecen quienes, por cualquier vía, han lucrado con la desgracia. El presidente Enrique Peña Nieto con la ayuda humanitaria, la televisión –Televisa en particular– convirtiendo en reality el caso de la niña atrapada en el colegio Rébsamen, la delincuencia secuestrando tractocamiones de ayuda en el tramo carretero Tlaxcala-Puebla –la ruta criminal del narco y del huachicol–, no así la Marina y el Ejército que han mostrado sus capacidades con los distintos planes de emergencia porque para eso están preparados.

A lo largo de la historia, cuando se han enfrentado desgracias de esta magnitud, se ha enriquecido un amplio repertorio de frases que nos ayudan a entender mejor lo vivido para ir asimilando este largo camino de la aceptación.

“Cuando una catástrofe sobrevive a la vida, lo primero que se pone en duda es la existencia de Dios. ¿Lo segundo? Rezarle de nuevo.

Dios siempre perdona; el hombre, a veces; pero la naturaleza nunca.

André Maurois: “El tiempo de respuesta y la capacidad de saber cómo actuar, salvan muchas vidas”.

“En una catástrofe hay dos momentos límites: cuando ocurre y cuando pasan varios días.

El estrés postraumático es muy debilitante”.

Hoy, el apocalipsis ha dejado de ser una referencia bíblica. Se ha convertido en una posibilidad real. Nunca antes en el acontecer humano se nos había colocado tan al límite, entre la catástrofe y la supervivencia.

Schopenhauer en Los dolores del mundo: “La vida es un mar lleno de escollos y remolinos que el hombre no evita sino a fuerza de prudencia y cuidados, aun cuando sepa que si logra escapar de ellos por su habilidad y esfuerzo no podrá, sin embargo, a medida que avance, retrasar el grande, total, inevitable, incurable naufragio. Aquí reside el supremo adjetivo de esa navegación laboriosa, para él infinitamente peor que todos los escollos de que pudiera escapar.

“Experimentamos dolor pero no la ausencia de dolor. Sentimos el cuidado pero no la usencia de cuidado. El temor pero no la seguridad. Experimentamos el deseo y el ansia como sentimos la sed y el hambre. Pero apenas satisfechos todo ha concluido, como el bocado que una vez tragado deja de existir para nuestra sensación.

“Contemplada la vida de cada hombre desde lejos y desde lo alto, en su conjunto y en sus rasgos más salientes, siempre nos hace asistir a un trágico espectáculo. Pero si se le recorre en los detalles tiene el carácter de una comedia. El aparato y el tormento del día, los deseos y los temores de la semana, las desgracias de cada hora, bajo la influencia del azar que siempre piensa en mistificarnos, son otras santas escenas de comedia.

“Pero los deseos siempre contrariados, los esfuerzos vanos, las esperanzas que la suerte pisotea despiadadamente, los errores funestos de la vida entera, con los sufrimientos que se acumulan y la muerte en el último acto, son la tragedia eterna. Parece que el desino quiso unir la irrisión a la desesperación de nuestra existencia cuando llenó nuestra vida de todos los infortunios de la tragedia sin que podamos ni siquiera sostener la dignidad de los personajes trágicos. Muy lejos de esto, en el amplio detalle de la vida, habitualmente desempeñamos el ruin papel de unos pobres seres cómicos.”

Y es que al ver al presidente Enrique Peña Nieto y a los gobernadores de Puebla, Morelos, Oaxaca y Chiapas exhibirse en los medios, sacando raja de la tragedia –y algunos medios de comunicación haciendo la tarea de lavado de imagen abiertamente– lo primero que uno debe preguntarse es si estas circunstancias dolorosas deben aprovecharse para el marketing político. La desgracia no se factura.

Si este país trabajara como se ha visto trabajar a la población en las tareas de rescate de cuerpos y vidas, México sería otro país. La fuerza de su pueblo es el verdadero poder, el que transforma, el que ayuda, el que duele y sufre con los que fueron arrollados por la desgracia.

La tragedia del terremoto –ojo Televisa– no borra de la memoria las cuentas pendientes que Peña Nieto tiene con la sociedad: el caso Ayotzinapa, OHL, Odebrecht, el crimen organizado y las matanzas y desapariciones ocurridas en todo el país, la corrupción institucional, la casa blanca –primer escándalo de corrupción que se hizo público– ni otros agravios que este gobierno ha causado.

Otro golpe se le ha asestado a la Ciudad de México –así como a Puebla, Chiapas, Morelos y Oaxaca– con los terremotos de septiembre. Es volver a empezar, una y otra vez. La vida es una pérdida constante… y también un aprendizaje que jamás se detiene.

Ahí está el coraje de la población, el amor, la solidaridad. Un pueblo que tiene que aprender a dejar su orgullo y correr a abrazar al que sufre. Eso no empequeñece a nadie, al contrario, lo hace grande porque solo en la desgracia de otros uno puede reconocerse grande o miserable. El terremoto del 19 de septiembre nos duele a todos, pero ojalá nos enseñe algo nuevo para que la maestra naturaleza no tenga que repetir la lección.

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