La danza “es una actividad que estimula el espíritu en dos direcciones distintas: de un lado, dirigido hacia el mundo para amplificarse; del otro, dirigido hacia sí mismo para profundizarse”… aunque el contexto original de esta afirmación no es propiamente en el terreno dancístico –es de la voz de canto–, he retomado esas palabras de Bárbara Hooss Lorey de Jokish, pues desde mi experiencia resumen parte de la sustancia del trabajo dancístico al permitir visualizar dos aristas de un mismo fenómeno: por un lado, dicho trabajo te lleva por caminos personales que hacen posible no solo descubrir las posibilidades del cuerpo, sino de todo tu ser; y por el otro, te lleva a potenciar ese quien eres, para proyectarlo hacia el exterior y abrir la posibilidad de comunicación con otros.

En ese sentido de proyección hacia el exterior es posible ubicar la experiencia escénica, sin perder de vista que aunque se busca una correspondencia con el “afuera”, existe una profunda conexión hacia “adentro”. Esa proyección hacia el exterior está entrelazada en distintos niveles y formas con el creador e intérpretes involucrados, es un desdoblamiento de posibilidades que de alguna manera van permitiendo visibilizar el mundo interior de todos los implicados –en una suerte de acontecimientos tejidos con un fin estético particular– incluyendo al espectador –que se conecta de alguna manera con lo que está sucediendo e interpreta de acuerdo con su bagaje personal–.

El territorio escénico pensado desde la danza puede ser entendido como ese momento en donde la acción unifica al individuo y le permite conectar con el exterior, profundizando su experiencia en ambos sentidos, pero también es un espacio de problematización, sin duda eso no puede suceder lejos de la voluntad personal para implicarse en este territorio –como creador, intérprete o espectador–, sin olvidar que este puede ser tanto en un foro, una clase o en una búsqueda creativa personal.

La experiencia en el territorio escénico también da sentido al trabajo “invisible” que implica la danza, y me refiero no solo a las horas de práctica, sino también a la manera de reflexionar sobre su pedagogía, política, el sentido creativo de la misma, pero también sobre el sentido de lo humano.

danza

Para quienes nos dedicamos a la enseñanza de la danza: lo que se vive en el territorio de lo escénico es una herramienta potencialmente educativa, pues es un espacio-tiempo en el que el individuo deja de pensar en frases de movimiento aisladas o mecánicas corporales específicas, y se concentra en el momento comunicativo como un todo, es un espacio de construcción de conocimiento tanto personal como social.

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