El 4 de enero de 2017, por primera vez en Actopan no hubo tianguis, consecuencia de la campaña de terror organizada por los gobiernos federal, estatal y municipal. A nivel micro, usaron a la Policía municipal para correr la voz de que venían los zetas. El gobierno no esperaba la respuesta de los pueblos a su mentira, quienes, sin ponerse de acuerdo, uno a uno cerraron todos los accesos a sus localidades, impidiendo la circulación de las personas y las mercancías.
No hay antecedente que señale la fecha precisa de la ocurrencia del tianguis en Actopan. Pero, considerando la referencia de Jaques Gallinier, quien sugiere, el pueblo otomí es tan antiguo como los olmecas y lo ubicó precisamente compartiendo el mismo territorio en la región actual de Tabasco o en las crónicas de Bernardino de Sahagún, que cita la existencia del intercambio de productos comestibles en Actopan, entonces, tal vez, el tianguis tenía más de mil años de llevarse a cabo en el mismo lugar y a la misma hora, hasta que, por primera vez se interrumpió.
Con la libreta de guerra en la mano hicieron experimentos con la pobre población inerme. Bueno, unos pocos ni cuenta se dieron. Igual ocurrió en tiempos de Santa Anna a finales de 1800 en la guerra por Texas, cuando envenenaban el agua e incendiaban los cultivos para derrotarlo, o cuando Hitler avanzaba a Moscú a mediados del siglo pasado, Stalin ordenó a los campesinos incendiar los granos para que los alemanes no tuvieran alimentos.
Exactamente así, el gobierno engañó a los habitantes del Mezquital para crear pánico y construir desconfianza. No había gasolina, ni huevo, ni leche, ni azúcar. Imaginen a un pobre campesino que su hijo tomaba una leche especial, que no le hiciera mala digestión, simplemente, lo tuvo que alimentar con agua.
En otros municipios del Mezquital ocurrió lo mismo: en Tula, en Mixquiahuala, en Ixmiquilpan, e incluso en Pachuca. Los videos son públicos. Antes de las 9 horas arribaron hombres con corte de cabello tipo militar, vestidos de civiles, invitaron en las redes sociales a los saqueos, rompieron los accesos a los centros comerciales. Los habitantes de Actopan, con ansia robaron lo que pudieron a pesar de que fueron filmados por las cámaras de las tiendas.
Entonces ¿por qué ahora los fanáticos del derecho no se rompen las vestiduras pidiendo aplicar todo el peso de la ley y encarcelar a los ladrones? Porque ellos son culpables, al ser los autores intelectuales de todo, ya que las personas fueron tentadas en sus instintos.
Hasta los empleados de las tiendas robaron. Luego, cuando intentaron incorporarse a su trabajo, les mostraron el video donde se robaron una laptop, por ejemplo, y quedaron despedidos. Mientras todo pasó. Las tiendas ganaron cobrando por el seguro y duplicando con lo que pudieron conservar.
Esta táctica provocó desconfianza, esa palabra clave de la guerra que hace que veamos a nuestros vecinos como ladrones o como nuestros enemigos. Ahora, en la calle todos se cuidan. No entran a su casa cuando alguien viene cerca o voltean a todos lados buscando delincuentes.
El gobierno cree falsamente que así gana la guerra de su locura dividiendo divirtiéndose a las costillas de todos y jugando con la vida de nuestros hijos y nietos. Pobres niños que vieron los programas de televisión local, sea cuando saqueaban las tiendas o cuando a las 20 horas en el noticiero, el locutor preguntaban al presidente municipal de Actopan: “¿Dónde está la policía? Vecinos de la calle Guzmán Mayer piden auxilio porque hay una balacera”.
Pudiéramos demandar ante las Naciones Unidas al gobierno federal, estatal y municipal por el daño psicológico a los niños. Pero lograríamos algo quizá 10 años después, ya no tiene caso, han aniquilado el desarrollo psicológico de miles de niños del Mezquital.
Recientemente, todo es un caos. En la calle te asaltan. Todos roban, el banco, los cajeros, todos. Las señoras haciendo filas para pagar o solicitar el nuevo préstamo en Coppel, Electra, Compartamos Banco o Mujeres Unidas. Estas empresas son el diablo. Elaboran la codicia con dinero fácil y rápido y luego ahorcan a las amas de casa con sus intereses.
En fin, la conclusión no puede ser otra que nos enseña que el día que los pueblos se unen en un objetivo común, no hay costumbre por añeja ni poder supremo que sea que no llegue a su fin.

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