El código disciplinario de mi secundaria era sumamente estricto. Un sinfín de conductas eran penadas de formas diversas con el fin de garantizar un comportamiento ejemplar en todo momento. Nunca supe si era cierto, pero en aquella época se rumoraba que algunos profesores hacían guardias los viernes en la plaza más grande de la ciudad para verificar nuestra buena conducta.

Ese mito escolar surgió porque siempre se nos recordaba nuestra condición de “estudiantes de tiempo completo” de la institución. Dicho de otro modo, estábamos obligados a cumplir con las normas de disciplina dentro y fuera de la escuela, y más si utilizábamos el uniforme en espacios públicos.

Todo eso lo hacía una escuela secundaria de una ciudad pequeña como Pachuca. ¿Qué debería esperarse, entonces, del club más popular de México? En Chivas, como en varias otras instituciones deportivas y atletas de alto rendimiento, el alcance de toda acción se mide con seis o más ceros: millones de seguidores, de dólares, de camisetas, de reacciones.

Con la severidad que solo da la experiencia, Ricardo Peláez sentenció a Villalpando, López, Vázquez y Peña y los arrojó a la jaula de los leones de la posmodernidad: las redes sociales. Se activó la bomba en Verde Valle y su detonación dejó una onda expansiva que tendrá estragos en todos los equipos de la primera división mexicana: por encima del club, nada.

Es casi natural y esperable que los deportistas libres de compromisos personales se vean atraídos por la vida nocturna y los hábitos excéntricos; en una ciudad como Guadalajara parecería casi un ritual de iniciación. Como bien explica Luis García, el futbolista renuncia a temprana edad a la recreación juvenil y se refugia en ella tan pronto como se dilata su billetera.

Pero ese no es el caso de toda la fuerza trabajadora del balompié, como evidenciaron las reacciones al caso Chivas: “De esto come mi familia”, dijo Roberto Alvarado; “Te frustra porque le dices (a la Chofis) qué está bien”, lamentó Oribe Peralta; “Me ha ayudado la gente a mi alrededor, mi familia”, reflexionó Fernando Beltrán.

Los valores de todo grupo de trabajo establecido marcan la pauta para conseguir los objetivos comunes. Cuando son trasgredidas, la sinergia se diluye y el trabajo en equipo se fragmenta. Un código disciplinario implacable para las figuras públicas de hábitos cuestionables no solo salvaguarda la imagen de un club, sino que previene faltas mucho más graves de las que cometería un chico de secundaria en Galerías Pachuca.

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