Te levantas a barrer las hojas y flores caídas de buganvilias del patio mientras la casa aún duerme, las paredes de dobles ladrillos y ventanas disuaden la entrada del amanecer, aunque su altura siempre fue insuficiente para impedir que el rocío pernoctara en las jardineras que escoltan el siseo de tus barridos, jardineras donde nacen rosas, donde las nochebuenas aguardan el frío para florecer, jardineras que huelen a tierra mojada.
¿A qué sabrá?, preguntas a ti misma como cada mañana, la curiosidad por un sabor desconocido pero al mismo tiempo familiar, que ha estado presente entre mañanas de silencio y escobas, un aroma que se mezcla entre recuerdos y planes, entre el tiempo disuelto en un momento que es todos los momentos…
No hay nadie cerca, nadie que te mire hacer algo inapropiado, inusual; tus dedos pellizcan unos granos de tierra aderezada con humedad y, por ocasión primera, compruebas su sabor.
Masticas granos diminutos, duros, la sensación de masticar el café soluble que tomas todas las tardes con tus hermanas, el sabor que tiene tu pasado selecto siempre presente y que recuerdas a retazos, pero unido en un solo momento:
[Tierra mojada] Las pláticas entre las ramas del higo con tu hermana mientras sus pies colgaban, [tierra mojada] el engaño para amarrar a tu hermano en un juego infantil de policías y ladrones, mientras correteabas por un patio interminable, [tierra mojada] un cinecito vecinal que pagabas con una moneda, el deslizamiento ilegal de comida entre una ventana tras el regaño maternal, [tierra mojada] los uniformes empapados secándose al sol entre conversaciones con tus compañeras de escuela, el profesor que urgía prisa para terminar pronto la clase y escucharlo tocar la guitarra, las niñas del colegio que se volvieron compañeras y amigas para toda la vida.
[Tierra mojada] El amor en motocicleta y caminatas al mediodía, [tierra mojada] el primer hijo de calificaciones perfectas al que le exigiste tanto y que aún te paga con amor inquebrantable, el segundo que siempre siguió tus consejos, quien te presentó el afecto del primer nieto, [tierra mojada] el dibujo imborrable con grasa de zapatos en la pared de las escaleras de tu hijo artista, sus elefantes, sus fotos, sus cuadros, [tierra mojada] quien te dio más lata pero siempre te extraña, su sopa con gomitas, el hijo al que ahora le compartes recetas de cocina y tierra para sus macetas.
[Tierra mojada] La niña que siempre será niña, la licenciada que satura tu pecho de orgullo, su cabello infantil rapado por una equivocación, los trucos de magia que hacía junto con sus hermanos, los años de secundaria que compartiste con ella.
[Tierra mojada] Los 30 años que siempre tendrás, la mesa a la hora de la comida rodeada de ruido y familia, [tierra mojada] el café del atardecer en Jardines, la máquina de coser interminable de tu madre, la nata sobre conchas y bolillos, [tierra mojada] los intercambios de navidad, el auxilio a tus sobrinas, la complicidad perpetúa con una u otra hermana, las pláticas secretas con tu hermano.
El amanecer supera la pared blanca de la casa, las flores moradas y blancas de las buganvilias están amontadas, a la espera del recogedor, el sabor que queda en tu boca se diluye como la mañana, pero has desvelado el secreto de la tierra mojada.
Sabe a familia siempre junta, a hijos que nunca crecerán, a hermanas que estarán contigo en el fluir de este mundo, a consejos y platillos maternales imborrables, al afecto paternal velado por la severidad, a hermanos cercanos a pesar de la distancia, a tu hija insuperable que atiborra de alegría tu corazón… la tierra mojada sabe a felicidad.

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