En medio del sufrimiento de miles de mexicanos, la economía tiene que producir y articular soluciones que permitan generar producción y empleo, dos términos fundamentales sin los cuales simplemente no hay desarrollo. Eventos como las lluvias y los sismos del 7 y 19 de septiembre han hecho más difícil el comportamiento macroeconómico, pues de acuerdo con las estimaciones de la Secretaría de Hacienda, la inflación para este 2017 será de aproximadamente 6 por ciento, la reconstrucción de las zonas afectadas costará más de 35 mil millones de pesos, lo que obligará a realizar recortes presupuestales para este año y 2018; en consecuencia, habrá un menor crecimiento y, por tanto, menos empleo.
Frente a estas adversidades, el país debe afrontar otra no menor, la ignorante y belicosa frivolidad del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Entre las amenazas favoritas con que este personaje busca presionar a México, se encuentra la posibilidad de que Norteamérica abandone el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC). Más allá de las baladronadas, existe una realidad económica concreta: México exporta un millón de dólares por minuto a Estados Unidos, es decir, mil millones de dólares al día, cerca de 400 mil millones de dólares anuales; pero esta nación nos envía también mercancías por un valor anual de 300 mil millones de dólares, es decir, 972 millones al día. Esta relación beneficia a ambas naciones, si bien Estados Unidos (EU) tiene un déficit de 60 mil millones de dólares con México, el cual que resulta engañoso porque las mercancías que vendemos a nuestro vecino tienen un componente de 40 por ciento de esa nación, 40 por ciento chino-asiático y solamente 20 por ciento mexicano, así que el verdadero déficit de EU con México es solo de 12 mil 800 millones de dólares. El auténtico problema de Estados Unidos es su déficit con el resto del mundo, que asciende a 731 mil millones de dólares.
Desde nuestro lado, la pregunta es: ¿este enorme monto de divisas que el país recibe, nos ha sacado de la pobreza? La respuesta es ambigua, una parte importante del país se ha visto beneficiada por esta política de exportación, pero existe otra franja, igualmente significativa, que vive en la pobreza. De acuerdo con los últimos datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), existen hoy en México 24.6 millones de personas que viven en carencia por acceso a alimentación, lo que antes era caracterizado como pobreza extrema; además, según la misma fuente, hay 53.4 millones de personas en situación de pobreza. Frente a este escenario también hay logros, uno de los éxitos está, curiosa y quizá extrañamente, en el campo, en 1994 había 5 millones 300 personas ocupadas en el campo, hoy son 7 millones, el volumen agrícola aumentó 74 por ciento. Para 1994, el déficit anual de la balanza agropecuaria era de 2 mil 882 millones de dólares; para 2016, el sector tenía un superávit de 3 mil 175 millones de dólares. Estas cifras (de)muestran que una parte del sector agrícola se volvió exitoso, ¿por qué? Y ¿gracias a qué? Sin embargo, la pregunta básica continúa siendo: ¿por qué la mitad de la población se encuentra en la pobreza? Sin duda, es multicausal la respuesta, sin embargo, quizá lo central es que el país ha insistido en una estrategia económica que camina en un solo pie, al porfiar tozudamente en crecer solamente a partir del desarrollo del mercado externo, haciendo a un lado al mercado interno. El mercado de las exportaciones ha permitido, desde 1990, que se alcancen tasas de crecimiento, en promedio, de 2.3 por ciento anualmente, cuando el país necesita lograr crecimientos de al menos 6 por ciento. Alcanzar crecimientos del producto interno bruto (PIB) iguales o mayores a 6 por ciento necesariamente exige que la inversión pública incremente, este comportamiento económico podría ayudar a que otros sectores repliquen el éxito alcanzado en el sector agrícola, pero la voluntad del gobierno federal, traducido en cifras, dice lo contrario, para 2018 la inversión pública perderá participación, por cuarto año consecutivo, al representar 15.9 por ciento del presupuesto, la menor proporción en los últimos dos sexenios. La vulnerabilidad social y la pobreza continuarán marcando el rostro (desfigurado) del país.

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