Alexis de Tocqueville entendió, como pocos, los resortes del poder para ese lúcido pensador francés, el momento más difícil de un político es cuando triunfa, porque la victoria le puede suprimir su capacidad crítica, pensante; el gobernante deja de escuchar para volverse autoritario, arrogante, temerario, insolente, su capacidad autocrítica termina siendo sepultada por la egolatría, su corte real, que zalamera le endulza el oído, se convierte en su propia imagen en el espejo frente a ese riesgo, ciertamente humano, los cesares tenían un ujier cuya única tarea era alertarlo con una expresión breve pero indispensable: recuerda que eres humano. A cuántos políticos mexicanos habría que hacerles esa recomendación, sus palabras son su propia caja de pandora, sus propios demonios que se vuelven contra ellos para ponerlo en términos de Holmes: “los políticos no controlan las palabras, las palabras los controlan a ellos”, sus palabras los destruyen. Lo más grave que le puede ocurrir a la sociedad es que la clase gobernante, ya convertida en autista, niegue la convivencia pluralista, la autonomía, la libertad individual, la civilidad y el diálogo, es decir, destruya la legitimación democrática del poder. Gobernar significa habitar en el espacio de la tolerancia, rechaza cualquier dogma y cualquier verdad única; pluralismo significa, correlativamente, rechazo de cualquier poder único, monocromático y uniformador. Los ciudadanos hidalguenses, con el triunfo de Morena, hoy viven en un estado plural, diverso, con una sociedad civil activa y expresiva que obliga al Estado a ser sensible y permeable; solamente un Estado democrático es el único capaz de ofrecer garantías para construir instituciones y relaciones políticas que respondan a las pulsiones de una sociedad transformada.

En ese azaroso y complejo proceso democrático, ¿quién ha trazado las coordenadas intelectuales a la sociedad?, sin duda alguna la universidad pública es un actor central en esa tarea, y aquí es muy importante recordar que el próximo 2 de octubre se estarán celebrando los primeros 50 años de ese movimiento, un hecho histórico para los mexicanos y los universitarios, si algo distinguió ese momento fundamental para la vida del país fue la ilusión, la esperanza, su rebeldía y el alma antiautoritaria, su energía y voluntad para enfrentar a los poderes burdos y autoritarios. Hegel decía que una institución educativa, al cabo de 50 años, mirando hacia atrás a la trayectoria académica de su vida, puede percibir el avance del mundo. En ese plano histórico se encuentra hoy nuestra universidad, que es autónoma desde 1961, esa casa pensante, plural, civilizada, tolerante, abierta a todas las expresiones, es habitada por “el disenso, incluso radical, que no solo conquistó su espacio como un fenómeno normal de la vida social, sino que mostró y demostró que es la levadura de una entera forma de convivencia, de civilización, de la vida pública y privada, personal y política” (Michelangelo Bovero).

Nuestra universidad camina en el sentido de la historia, hacia el triunfo de la calidad académica, de los derechos universitarios, contribuyendo con su uso crítico y manifiesto de la razón en la construcción de una sociedad con mejores niveles de vida y justicia social.

Esa institución como espejo y escudo de la sociedad recupera la lucha y espíritu de movimientos como el del 68, con esa memoria, con autoridad académica y ética defiende la legalidad, integridad y el Estado de Derecho del que son salvaguardas, en ese contexto, es oportuno citar un pasaje de Maquiavelo: “Los hombres prudentes suelen decir, y quizá no sin motivo, que quien quiera ver lo que será, considere lo que ha sido, porque todas las cosas del mundo tienen siempre su correspondencia en sus tiempos pasados. Esto sucede porque, siendo obra de los hombres que tienen y tendrán siempre las mismas pasiones, conviene necesariamente que produzcan los mismos efectos”. Los universitarios siempre congruentes encuentran en Maquiavelo, Gramsci, Bobbio, Sartori y muchos más, sus pasiones, razones y argumentos, por eso custodian su legado. ¿Dónde encuentra su nutriente conceptual la clase política hidalguense?, ¿acaso tiene alguna identidad ideológica?

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