Gaviota por enésima vez duda del amor de su Rodrigo. Cortázar eterniza su sabiduría compartida en el libro donde se han recuperado sus clases de literatura impartidas en Berkeley en 1980. La voz de Rubén Blades me hace bailar al ritmo de “Pedro Navajas”. Lloro cuando se muere Viridiana Alatriste en la serie de Silvia Pinal como cuando Beth, en Mujercitas, también pierde la vida. Recito los poemas de Agustín Cadena y mi dedo recorre los trazos de Remedios Varo.

Muy temprano pedaleo mi bicicleta fija mientras evoco buenos recuerdos y planeo nuevos proyectos. Lavo los trastes para ampliar mis contradicciones ideológicas y aclararme ese racismo que existe entre los hombres y las mujeres. Joaquín Pardavé me invita a cantar a coro kikusmakikus. Quiero que Rachel Green sea mi amiga y me enamoro de Chandler por su forma fatal de bailar, como yo. Recupero la pasión por el idioma francés y para practicarlo canto todo el día: “Les rois du monde ont peur de tout. C’est qu’ils confondent les chiens et les loups”. Advierto que las cantantes de 1960 soñaban con un novio como Juan porque era un chico a todo dar, que esperaban a un chavo moderno para oír discos en Chapultepec o que deseaban encontrar un muchacho formal, aunque no fuera muy yeyé.

Una mañana siento “Pánico o peligro” como en la historia de María Luisa Puga. Otras veces necesito mi cuarto propio como me sigue aconsejando Virginia Wolf. Todas las noches releo la “Nuestra de la Soledad” y sueño con encontrar otra forma de ser humano como me enseñó Rosario Castellanos. Me llegan las noticias que sigue atrapando Sara Lovera para denunciar la situación de las mexicanas y me dejo atrapar por las notas que recopila Layla Kuri en su Ciudad de las Mujeres.

Ya no quiero contar muertos. Me siento una inútil, pero me conmuevo con cada testimonio de médicos y enfermeras que enfrentan al Covid-19. Le reclamo desde mi cómodo sillón al presidente, admiro la paciencia de López Gatell y a veces me desespero con las preguntas de los periodistas.

Amo tener horario puntual para desayunar, comer y cenar con los dos hombres de mi vida. Que mi amigo Vicente cada semana me llame y Silvia siempre responda mis mensajes. Escuchar la voz de Francisca o reírme con los memes que manda a diario Soria, mi excompañero de la secundaria. He conocido nuevas personas, aunque sea detrás de una pantalla, gracias a cada curso virtual al que me inscribo.

He vuelto a rezar, dirá Dios que ahora sí me conviene, pero lo hago con toda la fe. Me duele cada persona que ha muerto en esta cuarentena, no importa si ni siquiera los conocí, tenían vida y proyectos como tú y como yo. Quiero que la violencia de verdad desaparezca, que no escriban sobre ella la gente que me ha violentado.

Por momentos platico con los cuadros de Frida y arrullo a mis sirenas de trapo. Odio que no pueda dormir. Lloro por nada, me lleno de rabia, tengo miedo. Dibujo sonrisas y me lleno de esperanza. Extraño a mis grupos, mi voz dando clases. La escritura sigue siendo mi aliada. Escribo de lo que no existe para torcer destinos. Escribo de lo que pasa para convencerme de que tengo suerte. Escribo para darme fuerza. Invento, imagino, investigo, repito… Y todo esto cabe en mi casa desde el primer día de la sana distancia.

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