Para los críticos,
tanto los buenos como los malos

¡Menuda contundencia la que titula esta columna! Podrá parecer una salida harto sencilla para desvelar el misterio, quebraderos de cabeza y tesis interminables sobre aquellas acciones y obras que la humanidad comenzó a realizar en su tiempo libre, pero en la simplicidad suele encontrarse la respuesta correcta… o al menos se acerca bastante. Aquí la explicación de mi axioma: cualquier definición ofrecida por cualquier diccionario, cualquier clase u opinión sobre el arte, coinciden (redondeando) en que el arte es todo aquello hecho con habilidad, que expresa o reinterpreta “algo” y busca la trascendencia, pero ¿qué es habilidad?, ¿qué es la reinterpretación?, ¿qué es “algo”?, ¿de a cómo y por qué tan caro? Muy buenas preguntas todas ellas y, como al principio, todas se resumen en una simple respuesta: depende de cada uno de nosotros.
Y aquí está el limón de los tacos, en la subjetividad, porque lo que para alguien puede ser un derroche de habilidad en plasmar una obra pictórica (por mencionar un caso), para otro puede ser un trazo que dibuja antes del desayuno, lo que para alguien más es un puente de ingeniosa y trascendental arquitectura (saludos al Tuzobús), para otros es una construcción innecesaria y costosa que pudo solucionarse con un semáforo peatonal a ras del suelo. O sea, en la personalísima calificación y colocación de adjetivos que ostentemos en nuestro repertorio está la definición de arte.
Tome cualquier objeto que tenga a la mano, por ejemplo, este texto que lee en papel periódico o desde su pantalla, y colóquele una lista de adjetivos y voilà!, resulta en que es un arte literario, entretenido, controversial, disfuncional o como prefiera. O también observe la primera pared que tenga a los ojos y repita el ejercicio, deriva en una pared/arte funcional, estorbosa, rudimentaria, hogareña, industrial, etcétera.
Ahora, o cuando tenga tiempo, vaya a una galería o teatro y sin importar la clase de objetos o acciones que ocurran o expongan ahí, adhiérale los adjetivos que fluyan en su interior y automáticamente se transforman en arte, pueden ser emocionales, pasajeros, profesionales, académicos, comerciales, inexpertos… pero ya es arte porque son calificables.
Repita el ejercicio anterior en cualquier parte y compruebe que todo puede ser literalmente calificado como arte: el salero de la cocina es arte culinario, indispensable, efímero; la cama de la habitación es arte confortable, entrañable, disfuncional (si está destendida), trascendental (si ha sido compartida); en la escuela, el camión, los bosques, la oficina, el atardecer… el mundo entero.

¿Y los críticos?

Tomando como verídico que no existe una opinión más subjetiva que la mía (sic), considero que solo hay un tipo de crítico: los buenos, aquellos que utilizan los calificativos acertados (sean favorables o no) para definir lo que observan y que comparten esta ideología que cualquier acción u objeto es arte. Los otros no existen, aquellos que disparan frases como “esto no es arte” o “hay cosas que no deberían llamarse arte”, en realidad no son críticos, sino personas incapaces de atinar el adjetivo adecuado (y en líneas anteriores fue visible que hay bastantitos y muy variados).
Si quiere convertirse en un buen crítico de arte (y por extensión, del mundo) comience a calificar todo lo que perciba a su alrededor; con suficiente práctica llegará a una sofisticación bastante puntual. Y ya encarrerado comience a criticarse y/o a calificarse usted porque también, como todo el rededor, es una obra de arte.

[email protected]

Comentarios