La primera vez que vi “Malcolm”, hace ya algunos años, lo hice a través de la señal de Canal 5, por supuesto. Un momento en el que Canal 5 era ese pequeño rayo de luz para que algunas producciones de canales de paga fueran vistos por la sociedad mexicana en señal abierta, acercamiento para los que no tenían cable de paga y antes de la llegada del Internet, el streaming y todas las nuevas formas de mirar contenidos audiovisuales de forma gratuita, legal o no. Claro, había, en un inicio, desfase de uno, dos o incluso varios años de algunas series o películas para que pudiéramos mirarlas ahí. Sin embargo, gracias al épico XHGC fue que muchos niños pudimos disfrutar de caricaturas muy memorables tales como “Dragon ball Z”, “Pokémon”, las clásicas de “Hanna-Barbera”, “iCarly”, “Bob Esponja”, “Drake & Josh”, por nombrar pocos. Y solo estoy trayendo a colación algunos programas que pertenecían a mi generación, pues seguramente, muchos de los que nos leen recordarán otras tantas.

Así las cosas, “Malcolm el de en medio” pertenecía a esa ola de series y honestamente, jamás la miré en otro canal que no fuera el 5. Seguramente, muchos de ustedes tampoco. Era llegar a casa, hacer tarea y por ahí de las 16 o 17 horas, empezar a ver unos dos o tres episodios que te mantenían entretenido un buen rato, con secuencias que se quedaron en la mente de todos por su originalidad pero también por la facilidad con la que llegabas a sentirte identificado en más de una ocasión. Y es que los personajes de “Malcolm” están sumamente bien logrados.

A lo largo de las siete temporadas y de 151 capítulos, la icónica pero disfuncional familia crece en muchos sentidos y sufren cambios importantes. En un principio, las problemáticas se centraban en el protagonista; eventualmente, comenzamos a conocer de manera casi íntima a los padres, a los hermanos, a los amigos e incluso a algunos personajes incidentales a los que, sin excepción, se les dedicarían episodios completos para descubrir más acerca de ellos.

Ahí es donde está lo especial de esta serie: aunque cada episodio duraba no más de media hora y eran, en su gran mayoría, antológicos, se toma su tiempo para desmenuzar las motivaciones y personalidades de todos. Paralelo a estas causas y a diferencia de otros programas antológicos de familias disfuncionales como “Los Simpson”, era emocionante ir creciendo a la par de Malcolm y sus hermanos. En algún momento, sin que nos diéramos cuenta, nos vimos reflejados en estas tramas y aventuras.

¿Quién no se sintió identificado con la exagerada obsesión de aceptación social que sufría Malcolm? ¿Qué tal cuando se revela que Dewey es un prodigio para la música y el más sensato? O cuando Reese, el que era probablemente el más tonto de todos, descubre que su talento oculto es una habilidad innata para la gastronomía. Si algo aprendimos de Malcolm fue que todos somos útiles y que tarde o temprano sabremos cuál es nuestro motivo o razón. La moraleja incluida al final de cada emisión, despertó en muchas ocasiones mis ganas para reflexionar acerca de falsas concepciones que en su momento, por inmadurez o juventud, no somos capaces de percibir, pero que cuando crecemos, nos pega duro en la cara, aferrando nuestros pies contra la tierra.

La familia de Malcolm es como la de nosotros en muchos casos: con el hijo que no tolera más la presión de la casa y entonces se va, intentando encontrar su nirvana en otro lado, aunque esto implique ser la oveja negra. Paradójicamente, este hijo también será el que, en el ocaso de la serie, nos enseñe la importancia de valores fundamentales como la lealtad, amor fraternal, fidelidad y determinación. Francis se consolida como una persona independiente, que sí, en efecto, constantemente debe pedir la ayuda de sus padres para sobrevivir (un recurso que en muchas ocasiones hemos aplicado, niéguenmelo), pero que esto no lo aleja de las ganas que tiene por convertirse en una mejor persona para él y para su familia.

Seguramente también hemos tenido de cerca a aquel hermano que no es tan listo como los demás, agresivo, que no es capaz de distinguir el bien y el mal y que por extraño que parezca, la adrenalina producida por situaciones de peligro y en exceso estúpidas se vuelven el combustible de su razón de ser. Reese estaba consciente de su papel dentro de su núcleo familiar, pero tenía un temple de acero. Con inteligencia para lo malvado y con una sazón como ningún otro.

Si en tu familia te tocó ser el más chico, seguramente te viste en Dewey más de una vez: ropa usada, poca atención, amigos imaginarios, juguetes rotos, el patiño de tus hermanos, tristemente el más olvidado por sus padres y constantemente ignorado por ellos. Todas estas circunstancias que pusieron a la integridad mental de Dewey en límites que favorecieron a la postre el surgimiento de habilidades artísticas sin comparación. ¿Será una realidad? ¿Los artistas nacen del sufrimiento? Revisitando la serie, a título personal, Dewey es un personaje que me da mucho remordimiento y ternura. Es que en las primeras cuatro temporadas todo mundo le trataba mal hasta que descubre que es más inteligente que Reese y entonces puede manipularlo. Afortunadamente, se dispone a no hacer pasar a su hermano bebé por el mismo infierno y se convierte en uno ejemplar.

O quizá tus padres todo el tiempo tenían problemas económicos, pero jamás te faltaba comida, entretenimiento, regalos en Navidad y vacaciones ocasionales. Porque es cierto, aunque crezcamos y tengamos hijos, siempre quedará la espinita nostálgica de los placeres de la juventud, de los sueños que no se lograron y entonces el único consuelo que nos quede será ir a dormir con la mujer que tanto amamos, tener sexo desenfrenado en cada rincón de nuestra casa y esperar, eventualmente, que los hijos nos muestren afecto. Si se dan cuenta, el plano psicológico de la personalidad de Hal está cañón. O Lois, una mujer trabajadora, controladora pero responsable, la que cargaba todo el peso de la familia y sus finanzas. Lois, un personaje medio infravalorado que casi siempre tenía que dejar a un lado sus pasiones y gustos con tal de alimentar a su familia, cosa que Hal no podía hacer nunca.

Y finalmente, Malcolm, el que todo lo sabe, pero no todo lo puede. El que vive en la frustración por el crecimiento, la pobreza, los horrores del mundo y la popularidad ausente. Malcolm es el más cercano a nosotros, porque nos habla en todo momento del miedo que nos genera saber nuestro verdadero papel en esta Tierra. El que sabe que las oportunidades no son generales y los privilegios no se dan en los árboles. El muchacho que se limita a sí mismo porque entiende su contexto y nos lo comparte.

Y así, uno a uno, te invito a que analices a estos personajes. Todos tienen trasfondos interesantes y dignos de empatía. Aviéntate de nueva cuenta todos los episodios de “Malcolm” de forma cronológica. Te darás cuenta que es más madura y vigente de lo que parece. “Malcolm” trazó esbozos de la inclusión, del respeto a las mujeres y de la conciencia social que ahora se nos mete casi a calzador, pero lo hace de una forma creativa, original e irreverente. Hablaba de valores y de integración en momentos en donde no existía la actual corrección política y ese es otro mérito.

Muchas gracias a sus creadores y al Canal 5 por acercarnos a esta producción: indudablemente, el legado de “Malcolm” es invaluable y, en definitiva, sea por las formas, por la gracia de los episodios o por algún recuerdo que te llegue cuando la miras, todos amamos a “Malcolm”.

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