Antonio Madrid

Es primero de noviembre en Huauchinango, localidad ubicada en la serranía poblana, en medio de enormes montañas que, en esta temporada, juguetonas se visten de novia con la matinal neblina, mientras que el ambiente de Todos Santos, como se le denomina comúnmente aquí al festejo del Día de Muertos y Todos los Santos, se comienza a sentir en el pueblo cada vez con mayor fuerza.

Ahí vive Gerencio Baldomero Tiburcio, niño indígena que ve gozoso cómo llegan esas fechas a la región por una razón fundamental: sabe que habrá comida en abundancia.

Su casa es pequeña, de adobe y techo de teja y está ubicada en las afueras del pueblo, ahí donde el canto de los gallos y el corretear de las gallinas hacen pensar que el tiempo se hubiera detenido en el México del siglo pasado. Y aunque su choza es muy humilde, no falta nunca el festejo de Todos Santos. Su madre, doña Luciana, ha ahorrado para ello durante todo el año.

–¡Déjame ir a comprar contigo mamacita!, suplica, colgándose de las naguas de su progenitora.

–Irás Gerencio, pero no quiero que vayas dando lata.

–Te aseguro que me portaré como un santo, promete él.

Y juntos, tomados de la mano, se dirigen hacia el mercado municipal, donde los recibe un panorama digno de una majestuosa postal mexicana: puestos por doquier que ofrecen flores de cempasúchil, mano de león y sempiterna; así como una variedad desmesurada de frutas como plátanos, naranjas, mandarinas, jícamas, tejocotes, limas, manzanas y caña, que la gente adquiere para colocarlas en el altar como ofrenda.

De todo un poco compra doña Luciana, tras los consabidos regateos.

Pero hay algo que no puede faltar: los condimentos para preparar el mole poblano: manteca de cerdo, chile mulato, chile pasilla, chile ancho, almendras, pasas, pimienta, clavo, canela, bolillos, tortillas, chocolate de mesa, panela…

Llegan a casa cargando el recaudo. Gerencio es enviado a partir la leña, que alimentará el fuego donde se cocerá el mole. Uno a uno los hachazos se escuchan sonoros: ¡Track, track, track! Y los trozos de madera van saltando aquí y allá por el patio de la casa. Gerencio, a pesar de su corta edad, ha sido formado en las labores del campo y ya es todo un hombrecito.

Mientras tanto, doña Luciana ha comenzado el ritual: uno a uno va friendo los condimentos para el mole, provocando una intensa humareda que sale del jacal obsequiando sus aromas seductores. Después pasará al metate, donde los molerá con un metlapil hasta formar una pasta espesa de tono rojizo, que verterá en una descomunal cazuela, cuya panza, negra por el humo de batallas pasadas, vuelve a recibir el amoroso fuego, y de cuyo recipiente, saldrá, después de varias horas de moverla constantemente, sazonada con caldo de pollo o guajolote, el delicioso, cuan exótico platillo.

–¡Yo le muevo, yo le muevo!, suplica de nuevo Gerencio.

La madre con una mirada de gozo que cuida que su vástago no advierta, acepta haciendo un mohín de disgusto, no sin antes amenazar: ¡Pero que no se te vaya a pegar, ya lo sabes!

Así llega el medio día. La tranquilidad se rompe con el ruido de los cohetes que anuncian que ya es Todos Santos, mientras una parvada de tordos huye despavorida por el estruendo, moviendo las ramas de la gigantesca jacaranda que está al fondo del patio.

El mole es colocado entonces en forma de ofrenda, junto con los tamales, el champurrado, el atole, el chocolate, el arroz con leche, el pan de muerto, las frutas y los dulces de coco y membrillo, formando una enervante mezcla de aromas que abren irremediablemente el apetito y que compiten con el olor del sahumerio, que es arrojado del incensario de barro en extensas bocanadas que envuelven el altar, enmarcado por el arco de flores de cempasúchil, que amarillea gozoso.

Una lágrima empaña el momento. Es doña Luciana que, esta vez, como desde hace cuatro años, vuelve a recordar a don Jacinto, su esposo muerto, padre de Gerencio, que se les adelantó en el camino y que solo conviven con él, cada Todos Santos, cuando los fieles difuntos regresan a la tierra con sus seres queridos. Gerencio, con su voz de niño la consuela, mientras evoca la mirada de su padre.

Después pasan a la mesa y sirven los manjares. Llegan algunos invitados. Gerencio es feliz. Él no lo sabe, pero ha sido afortunado de nacer y vivir en México, donde las tradiciones se viven, se gozan… y se comen.

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